viernes, 3 de julio de 2009

Gripe A: paranoia colectiva


Sobre el barbijo, los ojos; ojos negros, ojos de mujer, ojos de cuarenta años; barbijo malo que la esconde y le hace la voz fofa, apagada en un eco maltrecho; y ahora ella paga su librito y lógicamente tiene que decirlo: “la gente no toma real conciencia”; y la cajera de ojos atónitos le entrega su cambio y agarrate catalina porque ahora mismo recibe la orden: “No, no, ponelo acá” le dice con esa voz fofa, apagada en un eco maltrecho, mientras muestra orgullosa su bolsita de residuos patológicos. Claro, los billetes, sucios, malos, porcinos, engripados, y la cajera arroja entonces cual basquetbolista frustrado el dinero de la señora de ojos negros, ojos de mujer, ojos de cuarenta años. Y después el teléfono en su eterno repiquetear y las historias detrás de cada repiquetear, de cada teléfono, y el terror a la calle, al virus invisible e invencible, y la excitación de la novedad: “¡Oh, alerta, alerta! ¡Emergencia sanitaria!” Unos corren, los otros se barbijean, otros prenden el televisor y la radio para estar al tanto, al instante, al segundo, de cada nueva muerte que se suma, en Argentina, en Chile y en el mundo. “Van 55” “Van 70” “¡No, 71!” ¿Qué importa más que la cantidad de muertos?, me pregunto. Y me contesto solo: nada.
Otros, deciden no saludarse ni con besos ni abrazos, ni nada que se le parezca al contacto; los hábitos deben cambiar. Uno ensaya frente al espejo un: “Hola, ¿como estas?” que no sea ni muy seco ni muy expresivo y que conserve siempre el decoro y el aplomo; sí, sí, el aplomo es fundamental para sortear el instante de vergüenza cuando uno no sabe bien donde poner las manos o como torcer la boca para que no sea ni una sonrisa pedorra ni una demasiado pronunciada y correr el riesgo de que le digan un: “¿De qué te reís?”. Otro, se mira al espejo con el barbijo y rememora las profecías Mayas del 2012, el apocalipsis y el fin del mundo, los atentados del 11 de Septiembre, De La Rúa… pero después siente que respira mejor, que su pulso tiene ahora buen ritmo, y aprieta fuerte las cajas de Tamiflu75 que le consiguió un primo Médico.
Otros se friegan las manos con alcohol a cada paso… literalmente, a cada paso, en el paso antes de abrir la puerta del ascensor y después de apretar el botón, en el paso después de abrir la puerta del palier y de cerrarla con llave por la inseguridad… en el paso después de cualquier “touch and go”.
Otros, los inadaptados de siempre, se toman el alcohol creyendo que la transpiración puede protegerles el cuerpo entero contra el maldito virus.
Otros abandonan amigos, primos, tíos y suspenden domingos de asado y tallarín, noches de pizzas y cervezas, partidos de fútbol, tenis, pocker, bocha o tejos y se refugian puertas adentro y solo confían en su teléfono o en internet. Cualquier ser vivo es un potencial contagiador.
Un médico se indigna por televisión: “Ya no sé cómo decirlo: señora, no use barbijo, si el barbijo la tranquiliza, un té de tilo también la tranquiliza” “Pero no sirve para nada si usted no está enferma”, concluye con virulencia massmediocientífica. Otros abandonan el mate, hermano de las peores horas y que ahora se siente traicionado, herido como un perro que es abandonado por su dueño, y nos mira con gesto doliente desde su lugar en la cocina.
Y yo me asusto de la desinformación, de cómo la bendita gripe nos deja en evidencia y desnuda nuestras miserias mas enfermas, y veo pasar las cosas como en una pantalla cinematográfica de medidas escandalosas y quiero ser positivo y tengo una salida de una lucidez que me desborda; entonces me digo riéndome sólo como un loquito: “¿Qué es lo bueno de la gripe A?”
“Que mató al dengue”.

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Por Franco Nicoletti

sábado, 6 de junio de 2009

Aterrizaje de emergencia


Juro que escuché el ruido de la turbina cuando dejó de funcionar y fue como si al avión se le revolvieran las tripas, pero no pude prever lo que pasaría minutos más tarde.
Leía un librito sobre técnicas de canto y a cada página me asomaba a mi ventanita para contemplar las nubes, los campos de disímiles colores, algún río que desembocaría en el mar. Al lado mío una chica rubia hacía ejercicios matemáticos que escruté (desde mi ignorancia científica) imposibles. Una azafata caminó rápidamente por el pasillo hacia la cabina. Levanté la vista y la vi entrar. La puerta quedó entreabierta y los botones infinitos del tablero me recordaron cuando de chico mi viejo me llevaba a la cabina de cada avión al que subíamos. Cuando terminé de leer los ejercicios de respiración fue cuando vi el mar debajo y la costa a pocos kilómetros. La voz del comandante de la nave se dirigió a nosotros para darnos la noticia de que el avión tenía un desperfecto en su motor derecho, que volaba normalmente, pero que no estaba preparado para llegar a destino y que por seguridad debíamos aterrizar en la ciudad de Bahía Blanca. Entonces nos pidió que estuviéramos en calma que todo estaba bajo control y que siguiéramos las instrucciones del personal de la empresa. Yo seguí con mi librito; aterrizaríamos, se solucionaría el problema y luego seguiríamos camino a casita. Pero la cosa no resultó tan sencilla…
Rápidamente una voz de mujer nos habló pidiendo que tomáramos la cartilla frente a nosotros, que pusiéramos el respaldo de manera vertical y ajustáramos nuestros cinturones; indicó que las mujeres debían desprenderse de tacos altos; y nos recordó (seguido claro está de los ademanes robóticos de las azafatas)las salidas de emergencia y la posición de impacto que deberíamos adoptar en el aterrizaje. Sí, sí, posición de impacto. La azafata que graficaba robóticamente las indicaciones, se levantó apoyando su cola sobre el apoyacabezas de un asiento y los pies sobre otro y cuando fue a demostrar la posición de impacto un pie se le corrió del lugar y cayó al suelo cual boxeador nockeado.
Tuve que abandonar mi librito y prestar atención al caso. Mi vecinita no vio ni escuchó ningún tipo de instrucciones y no sé de dónde sacó un rosario y se puso a rezar con nerviosismo. Dos filas atrás y a la izquierda un padre apretaba a su hija de dos o tres años como si fuera a escapársele y la beso con tanta fuerza que la nena se echó a llorar desesperadamente. El Comandante Pascual volvió a hablarnos pretendiendo infundirnos tranquilidad, nos indicó que volábamos sobre la ría de Bahía Blanca, que a la derecha teníamos la ciudad y que estábamos esperando el permiso desde el aeropuerto para el descenso repitiendo una y otra vez que la nave volaba perfectamente pero que por seguridad debíamos proceder de tal manera.
Así sobrevolamos la zona en círculos varios minutos, no sabría decir cuántos, pero sí sé decir que vi, en este orden, la ría, la ciudad, las sierras, el campo hacia el sur, el mar, otra vez la ría, la ciudad, las sierras, el campo hacia el sur, el mar, otra vez la ría, la ciudad, las sierras, mientras la gente se levantaba de sus butacas para tomar sus bolsos de mano y una señora le quitaba la campera a su hijo para hacerle un torniquete en el cuello porque le invadió la extraña sensación maternal de que su hijo se iba a desnucar en el impacto, y mi vecinita seguía rezando y el padre seguía besando a su hijita y más adelante un chico de unos 18 años se lamentaba golpeándose la frente con la palma de la mano por sufrir tremenda yeta. Un hombre de unos 50 años no sabía qué cara ponerle a su mujer porque ésta se había negado a viajar en avión por tenerle miedo a lo que él había retrucado con estadísticas que le daban ampliamente la razón. Una azafata se acercó refunfuñando contra los pasajeros que se levantaban de sus asientos mientras les quitaba sus pertenencias para volverlas a los compartimientos superiores. Yo le entregué mi bolso aunque no pude explicarle que lo había tenido ahí desde el despegue. Atiné a guardarme dos cosas: el documento de identidad y mi celular.
A cada movimiento o sonido que hacía el avión podía sentirse un silencio que hacía ruido. La situación se resolvió cuando la misma voz de mujer volvió a decirnos que estábamos a un minuto del aterrizaje y que debíamos adoptar la ya aprendida posición de impacto, que debíamos reconocer nuestra salida de emergencia más cercana y que quienes estaban sentados junto a la salida de emergencia del ala (cuando recibieran la instrucción) debían romper la puerta (juro que dijo eso) para así salir los que nos halláramos más cerca de esta salida(sí, era mi caso) por sobre el ala, tirarnos por los toboganes y alejarnos del avión para reencontrarnos en un punto en común. Dicho esto la tierra empezó a hacerse cada vez más grande y la adrenalina a subir. La voz de Pascual nos indicó que en segundos tocaríamos tierra. Una señora morocha y bajita creyó que sería rápido, que no sufriría, que al instante una bola de fuego la envolvería luego del impacto y que así pasaría a mejor vida; un hombre se negó a ponerse en posición de impacto por creerlo inútil; una señora de buen vestir disfrutó la bajada con notable excitación; mi vecinita lloraba mojando de mocos el asiento de adelante; y yo miré por la ventanita y mi serenidad aparente se volvió tensión: el estómago se me hizo un nudo y me dejé en manos de algún dios, me repetí “no es nada”, “no es nada” “ahora toca, pica y vuelve a caer”… “ahora toca, pica y vuelve a caer”… La tierra estaba ahí, los árboles eran ya grandes, la velocidad era medible, el silencio total y el golpe inminente: Fue. Picó en la pista, se elevó… y volvió a apoyarse. “Ya está” me dije, y me reí solo como un loco.
Muchos esperaron el impacto arrasador,las corridas, el fuego, la muerte. Pero no hubo nada de eso. Pascual lo sintetizó: “Hemos aterrizado exitosamente” y todos nos echamos a aplaudir entre alaridos joviales.
Una vez detenida la nave, nos recibieron bomberos, ambulancias, policías y periodistas con caras de desazón.
Días atrás supe por la televisión de la catástrofe de AIRFRANCE en aguas del Atlántico. Es que uno puede desaparecer de este suelo por la caída de un avión, por un accidente en automóvil, o en manos de un maldito cáncer fulminante. En este renglón vendría la moraleja; pero me resultan lo suficientemente cursis como para abandonarlos aquí mismo.

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Franco Nicoletti

jueves, 2 de abril de 2009

Matar la violencia (I´m back)


Todos aquellos que alguna vez formaron parte de los grupos armados de la izquierda revolucionaria, en Rusia, en la Europa toda del siglo XX, en América latina, en la Argentina de los años 60´ y 70´, sintieron la responsabilidad de quebrar un sistema estructurado y cerrado sobre sí que se limita al paradigma de DOMINADORES y DOMINADOS. Asumieron el acto de matar al otro, de asesinarlo, de quitarlo del medio en tanto defensor de esa premisa conservadora, asumieron la violencia del crimen como violencia última y final, redentora, una violencia que pusiera fin a todas las violencias; a todas las injusticias.
Este razonamiento, aunque falso, es el que impulsó a la mayoría de los hombres que formaron parte de la gesta revolucionaria del siglo XX. Lucharon por un mundo mejor, más justo, más igualitario.

Algunos militantes de estos movimientos de izquierda explicitaron sus arrepentimientos décadas después (1) . Sería un: “Me equivoqué, matar no conduce a nada”. Entonces para muchos, incluso para los mismos que alguna vez formaron parte de las filas revolucionarias, la Revolución es un fiasco. Concluyen en algo: la violencia genera más y más violencia. Entonces nunca tiene fin, no existe esa violencia última y final. No existe el límite entre fusilar a unos y a otros no, porque en algún momento cualquiera podría caer en las listas del paredón. ¿Quién establecería el límite? ¿Quién sería el último fusilado? Según esta moral, el fin no justifica los medios; el hombre, la vida del hombre, debe ser tomada como fin en sí mismo y nunca como un medio para alcanzar otra cosa. No se justifica matar a nadie para alcanzar nada.

Pero las cosas son más complejas que eso. Ese es un análisis simplista.
La violencia revolucionaria no surge de un repollo. Surge de una violencia institucionalizada. Sea en la Rusia zarista, en la Cuba de Batista, en la Argentina de los 60´ y 70´; o en la actualidad Argentina, donde un chico o un adulto roba y mata por $20. En los manuales de sociología se explica, porque la ecuación suele ser sencilla: la violencia genera violencia. Los dominados si responden, responden con violencia.

Las primeras organizaciones guerrilleras habían surgido –sin mayor trascendencia- al principio de los años 1960, al calor de la experiencia cubana, y se reactivaron con la acción de Guevara en Bolivia, pero su verdadero caldo de cultivo fue la experiencia autoritaria y la convicción de que no había alternativas más allá de la acción armada. (2)

En Argentina los principales grupos armados eran conducidos, es verdad, no por trabajadores que podrían pertenecer claramente a un proletariado DOMINADO, sino por jóvenes burgueses, muchos de ellos universitarios, que se hacían eco de los sufrimientos y del sentir de un pueblo dominado. Tenían más conciencia que los propios proletarios. Estos burgueses vanguardistas dedicaron su vida a este proyecto. Eso: dedicaron su vida. Sus noches. Sus días. Arriesgaron a sus hijos. A sus mujeres. A sus padres. Abandonaron otros proyectos, dejaron aficiones, y se entregaron a una encrucijada que les exigía todo.

Matar como lo hicieron estos movimientos de izquierda en los 60´ y 70´en América Latina (seamos más puntuales: en Argentina) puede parecer más cruel que nuestra realidad de hoy. Porque el Estado y el sistema actual es más inteligente y tiene dispositivos más ingeniosos que una bomba en la puerta de la casa de un militar o que los 23 tiros en el cuerpo de Rucci.
Y el Estado de hoy y este sistema macabro (que mal que mal y con grandes, fatales, y trágicos errores intentaron cambiar esas agrupaciones de izquierda armadas y asesinas(3)), es harto más cruel que todas las acciones que pudieron llevar a cabo dichas agrupaciones.
Una simple estadística lo corroboraría.
Porque en la calle Defensa a metros de la Casa Rosada, en las villas 31 o La Cava, en los barrios, en las provincias, en los pueblos más alejados de la gran urbe, en lo que queda de los Tobas, en el Chaco, en Tucumán, en un edificio abandonado en pleno centro de la ciudad de La Plata, la gente pasa hambre, los chicos, y los grandes y los ancianos. Se los ningunea, se los degrada, se los trata como a perros, se los abandona, se los olvida. Se les refriega por la jeta los excesos del capitalismo, la codicia de sus publicidades, la materialidad de su vestir. Se los entrega en bandeja al paco, al poxi, a la birra, a meter caño y de ahí a estar guardado; a otros se los entrega a la educación de un sistema que estupidiza, a la televisión, al consumo, a romperse el lomo en Fravega o en cualquier otra empresa por dos mangos con cincuenta y en condiciones laborales denigrantes, en negro y casi nunca por ocho horas.
Los tiempos cambiaron, pero la violencia no. La violencia de un estado opresor está al día, vivita y coleando. El viejo paradigma se sostiene: DOMINADORES Y DOMINADOS.


Fue una aberración y un error humano y político(4)matar a Rucci, a Aramburu, a cualquier general del Ejército, a cualquier “traidor” dentro del ERP, del EGP o de Montoneros; fue un error humano y político el suicidio inconcebible de La Tablada; pero que no se los acuse a “todos” sin nombre, como una masa uniforme; que no se los acuse como si se hablara de los 7 locos de Roberto Arlt con su mesianismo moderno. O van a creer que la culpa de todo la tienen Santucho y Vaca Narvaja y que todos aquellos que creyeron en la guerrilla fueron idiotas que se dejaron convencer por la locura de tres tipos.
Todas las agrupaciones armadas de los 60´ y 70´ en Argentina, todos los movimientos de trabajadores, todos los grandes periodistas, intelectuales, que colaboraron con ellos, leasé: Miguel Bonasso, Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Haroldo Conti, Juan Gelman, Fernández Retamar y cientos más, no pueden reducirse, no deben reducirse, al nombre de Mario Firmenich o de cualquier otro líder. La historia es más compleja que eso.

Que digan mil cosas, pero reconozcan que fueron quienes pusieron el cuerpo y dieron la vida por un mundo mejor, por un mundo donde esos pibes que hoy perdemos a cada instante tuvieran educación, trabajo y salud. Supieron lo que hoy vivimos y en consecuencia hicieron lo que pudieron, lo que creyeron mejor, para frenar las aberraciones de este bendito capitalismo que tiene en su haber millones de muertos.

No puede olvidarse que la lucha armada se presentaba a los ojos de aquellos hombres como un camino posible y alcanzable, era una alternativa para lograr esa sociedad tan deseada que se basara en otros valores donde la igualdad fuera su premisa, y que se tenía el antecedente concreto de otras experiencias: la Rusia de Lenin, la China de Mao, el Vietman de Ho Chi Minh, la Cuba del Che y Fidel Castro, y sin hacer juicio de valor sobre la realidad de esas revoluciones podemos decir que funcionaron de detonantes.
Nicolás Casullo lo explica con claridad:

Se puede discutir hoy si esa palabra, revolución, tuvo sentido, asidero, sustentos, si finalmente mostró lo que anhelaba. Lo que no se puede discutir es que esa historia política, ideológica, cultural, social, esa historia en acto y pensamiento, que conforma la historia de la revolución, de las revoluciones, de los revolucionarios, no sea parte grande, digna e insoslayable de la modernidad, de su cultura más trabajada. Se discutió en términos teóricos, se discutió en términos políticos, se discutió en términos ideológicos, se discutió indudablemente desde la experiencia concreta de la historia. Luego estarán las locuras, las cegueras, los dogmatismos, los errores, los horrores, las soberbias, las equivocaciones profundas que pudo tener esta historia compleja y múltiple de la revolución también en América Latina, en otros procesos que han terminado con la liberación de diez, quince, veinte países en África y en Asia a partir de los procesos violentos o reformadores de liberación.(5)

Hay una escena relatada en La Voluntad (6) , un episodio que es significativo y conocido: sucede en la cárcel de Rawson en 1972. Militantes de ERP, FAR, MONTONEROS, sindicalistas, trabajadores, están detenidos (entre ellos: Gorriarán Merlo, Santucho, Vaca Narvaja, Roberto Quieto, Marco Osatinsky, Agustín Tosco). Se gesta un escape. Osatinsky y Santucho invitan a Tosco a acoplarse a la huída. Tosco se niega. Aduce:

“Miren, les agradezco y les deseo toda la suerte, pero yo no puedo rajarme así. A mí me toca esperar a que me liberen las luchas populares. Para ustedes, que están en la lucha armada, es lógico que traten de fugarse, pero yo no. Igual les deseo que todo les salga bien compañeros, en serio”

Es verdad, como enseñó Agustín Tosco, había otras formas, otros métodos para alcanzar ese mundo tan deseado; y hubo quien en ese mismo contexto leyó la realidad de disímil manera. Pero eso no nos autoriza ahora a demonizar a las agrupaciones armadas de aquellos años. No cometamos el error tremebundo de demonizarlas, de creer en su otro gran error: el de concebir la lucha como una guerra. Eso nos llevaría sin dudas a que en los años venideros se hable de una “guerra civil” , la teoría de los dos demonios, que el mismo Oscar del Barco propone discutir(8) .
Es por eso que se me hacen inentendibles las palabras de Christian Ferrer en la misma revista, en el mismo debate:

En vista de la gravedad de estos temas, no es comprensible que algunos se lamenten por el lenguaje a que recurrió Oscar del Barco. (9)

“No es comprensible”.
Quizá ése es el debate que nos debemos: para que se nos haga comprensible. Ése el objetivo pendiente: que se nos haga comprensible.

Que las generaciones venideras no digan que lo que sucedió en este país fue una guerra civil, sería un error, un doloroso y nefasto error.
Debemos aprender algo, algo que enseñaron con increíble temple y sabiduría las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. A la violencia no debemos contestarle con más violencia. ¿Es eso posible? Debemos hacer que lo sea. No hay derramamiento de sangre que nos pueda hacer grandes y justos. Pero para acertar hay que equivocarse primero.
El aprendizaje es lento y duro. Pero debemos aprender, cruzar el fango espinoso, construir una democracia real, una sociedad plural donde discutir sea una manera de intercambiar ideas con el fin de crecer. El dicho popular lo ratifica: Cuatro ojos ven más que dos.
La historia está ahí: viva. Esperando por nuevos sentidos. Los años de la guerrilla y de las dictaduras salvajes dejan una marca en mi subjetividad.
Yo quiero para mí una sociedad como la que soñó Ernesto Guevara, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti o los trabajadores que creyeron en ellos. Un mundo donde los pibes tengan qué comer, tengan para vestirse, donde no pasen frío, donde se los respete, donde se los motive, un mundo donde se sientan queridos y valorados, donde puedan creer en sí mismos. Niños, adultos y ancianos.

Es digno que nuestro deseo sea un mundo sin violencia, una sociedad donde la clase dominada no conteste con violencia a la violencia. Con crudo pesimismo creo que tal deseo es sólo una ilusión. Que las masas violentadas desde marcos institucionales y estructurales terminarán más temprano que tarde respondiendo con violencia, nos guste o no nos guste.
No se trata de un juicio valorativo sino de un juicio de hecho.
Ojalá esté equivocado y sea posible contestarle a la violencia estructural con inteligencia, contestarle con palabras, contestarle con creatividad, contestarle con arte, contestarle con altruismo, con la prestancia de ver al otro como un hermano.
Ya lo dijo Gandhi: Ojo por ojo, el mundo acabará ciego.

Por Franco Nicoletti

(1) Entre ellos Oscar del Barco; ver http://www.elinterpretador.net/15CartadeOscarDelBarco.htm
(2)Luis Alberto Romero, Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004, pag. 183.
(3)Christian Ferrer se quejó en su nota de El Interpretador (http://www.elinterpretador.net/15CartadeChristianFerrer.htm) de que no se usaba la palabra “asesinato” en las notas (en la misma revista) de los detractores de Oscar del Barco, y cuando se comete el acto de matar, se comete un asesinato. Es que la historia de nuestro país y la del mundo es además de muchas otras cosas, una tragedia.
(4)Error del cual debieran hacerse responsables de una vez por todas con una seria autocrítica quienes correspondan.
(5)Nicolás Casullo, “Rebelión cultural y política de los ´60”, Itinerarios de la Modernidad, Buenos Aires, Eudeba, 1999.
(6)Eduardo Anguita y Martín Caparrós, La voluntad, tomo 2, Planeta, 2006.
(7)Ver Vera Carnovale, “Las ejecuciones del PRT-ERP”, revista LUCHA ARMADA Nº8
(8)Ver El Interpretador. http://www.elinterpretador.net/15CartadeOscarDelBarco.htm
(9)http://www.elinterpretador.net/15CartadeChristianFerrer.htm

miércoles, 21 de enero de 2009

Ardiente Paciencia


Un señor de unos 50 años me pide “Ardiente paciencia” de Skármeta. Voy hasta el estante y compruebo que no está. Entonces corroboro en la base de datos. El stock está en cero. Me fijo como alternativa la edición titulada “El cartero de Neruda”. Tomo el ejemplar, se lo acerco al cliente y le explico:

-Me quedó esta edición que se llama “El cartero de Neruda” por la película. Es el mismo libro pero después de la película para vender más y que la gente asociara el libro con la película le cambiaron el título.
-Ah, no, pero no es este. Tiene que decir “Ardiente paciencia”.
-Sí, es el mismo libro, es “Ardiente paciencia”. Lo que pasa es que a la película le pusieron “El cartero de Neruda”, entonces ahora le ponen al libro también “El cantero de Neruda”. Es lo mismo.
-Ah, no. Pero tiene que decir “Ardiente paciencia”. No le va a servir.
-No esa edición no tengo –le digo dándome por vencido.

El hombre se va y rápidamente una señora se me acerca:

-Hola, mi hijo necesita el Poema del Mío Çid. ¡Ese libro es más viejo! lo leía yo cuando iba a primero inferior y todavía lo dan, ¿podés creer? ¿por qué no les dan algo más moderno?
-Bueno, pero es un libro que vale la pena leer.
-Pero los chicos se aburren. ¿Lo tenés?
Se me acaban los argumentos, no tengo ganas de defender al Çid. Le alcanzo un ejemplar, nos saludamos amablemente. Estoy cansado.
Suena el teléfono, me taladra la cabeza, una y otra vez, riiinggg, riiiing. Un cliente al pasar me dice:
-¿Por qué no atienden el teléfono?
-En el piso de arriba hay cuatro personas atendiendo.

A veces siento que digo cosas que no quiero decir. Hablamos de Bukowski y de Kerouac. Me gusta compartir sentimientos con los clientes. Mientras hablamos nos interrumpe una señora. Le digo que me espere, pero insiste con tanta vehemencia que le pido disculpas a mi nuevo amigo y me dedico a la señora, que me dice:
-Busco un libro de (editorial) Cántaro, algo de la Carlota.
Pienso unos segundos, hay momentos en que la cabeza no me funciona bien, se me saturan los canales de pensamiento y tardo varios segundos en entender que una persona quiere un libro de Borges o Kafka. Asocio ideas: Cántaro, Carlota…
-¿Estudio en escarlata? -pregunto
-¡Ese! –afirma la señora.
Hay días que las cosas fluyen mejor y hay días que no. Y en el medio estoy yo. Le pongo otra gota de paciencia a la balanza. Quizá yo hago lo mismo en la ferretería…

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Por Franco Nicoletti

lunes, 12 de enero de 2009

Fabián Casas: un pálpito y una fajita en mi honor


“Debo ser uno de los últimos argentinos en enterarse de que
Fabián Casas es un gran escritor. Pero ¿por qué es tan bueno?”.
Gonzalo Garcés


La frase del epígrafe –autoría de Gonzalo Garcés, escritor argentino, Premio Seix Barral en el año 2000– retirada de la Revista Ñ, oficia, hoy, de propaganda para uno de los libros de Fabián Casas: es la inscripción que figura en la faja que rodea a dicho libro.

Tal cual: hace unos meses, Garcés escribió un artículo en la mentada revista, en el que se maldecía por haber llegado tarde a la literatura de Fabián Casas. Y se proponía explicar por qué le parecía un buen escritor: “un gran escritor”. Como sea, ahora me toca a mí, y voy a ser sincero: no quiero orientar ni promocionar la literatura de Casas, sólo quiero mi fajita de honor coronando sus libros. Pero mientras me esfuerzo en hacer lo segundo, voy a intentar con lo primero.

La cuestión es la siguiente: soy de los que creen que, en materia de literatura, nunca se llega tarde. Soy de los que creen que esa idea –la supuesta virtud de “descubrir” un autor antes que otros– es parte de la mitología libresca, la misma que instituye, por ejemplo, las edades a las que se “debe” leer un clásico. No hay virtud ninguna en ese gesto: uno puede leer un buen libro a los 14 (o ya que estamos, a los 5 años) sin que por eso demuestre algún tipo de valor literario: en todo caso, se regala a sí mismo un puntito a favor para cuando ese acto, la lectura prematura, rinda alguna ganancia en el círculo de pares o en el mercado de signos de distinción que alimenta a la mitología que, más tarde o más temprano, estimula la dinámica de compra-venta de objetos culturales.
No sé en qué posición estoy yo en el ranking de los lectores que se “enteraron” de que Fabián Casas “es un gran escritor”. Pero puedo decir lo siguiente: yo palpité su escritura –su literatura– antes, siquiera, de leerla. Y es así: uno puede llegar “tarde” a un libro, es decir, leerlo cuando su autor está consagrado, o cuando el mercado literario (del cual, obviamente, las revistas como Ñ son parte fundamental) lo ha puesto a circular o cuando ese mercado se ha visto obligado a hacerlo circular por la aceptación que el autor ha tenido por parte de los lectores. Pero uno, también, puede palpitar esa escritura aún desconociendo su existencia. Cada libro que no nos satisface es una confirmación de nuestra necesidad de aquellos que esperan por satisfacernos.

Una y otra vez, ensayé explicaciones sobre los atributos que convierten a Casas en un gran escritor, y a su literatura en gran literatura. Llegué a una conclusión: no puedo explicarlo. Pero no porque sea inexplicable (en todo caso, es explicable mi incapacidad de explicación) sino porque, en mi caso, el placer de leer a Casas se remite a una experiencia corporal, espiritual, vital. Como el sexo. O como la música. Su calidad, en mí consideración, no depende de la habilidad de explicarla, sino en la sensualidad de su experimentación.
¿Pero acaso una –la explicación– y otra –la experimentación– son experiencias excluyentes? De ninguna manera. Más de una vez, una explicación –una crítica leída, una recomendación oída– nos estimulan a leer, oír o ver una obra (un libro, una canción, una película) armados de cierta información que la/s vuelve preciosa/s. Tampoco me estoy haciendo el anti-intelectual: la teoría –incluida, claro, aquella que nos dota de un sistema de lectura– es necesaria. ¿Entonces? Entonces: apenas si estoy intentando generar una frase linda para que, algún día, un editor me premie con una fajita promocionando los libros de un escritor al que, una vez, llegué de golpe, sin recomendación, con la guardia baja, desprevenido. Un escritor al que llegué sin querer queriendo: de esa experiencia guardo el intenso impacto de un deja-vu: la ambigua sensación de haberlo leído ya, y el feliz extrañamiento frente a lo nuevo. Es que lo estaba necesitando, como se necesita de una buena canción o de buen sexo.
Digo, pues: vale la pena y la alegría leer a Casas. Sus cuentos, sus poesías y sus ensayos. Y hay que leerlo ahora, mientras amasamos nuestras expectativas por lo que esté engendrando o pariendo. Ya nos ha demostrado –a mí, a Garcés- que su sistema creativo está en punto caramelo: es un impecable lector –de libros, sí, pero también de situaciones de vida, de la televisión, del fútbol, del cine, del periodismo, de la música, y de los entornos de una y otra actividad. (De hecho, Casas ha demostrado ser un analista “letal” del mundo mediático, equilibrado, irónico, mil veces más inteligente que el torpe tiroteo moral de un José Pablo Feinmann, buen lector de filosofía pero pésimo expectador de televisión). Decía: es un impecable lector y un afinado escritor. ¿Qué cómo lo sé? No rompan: ¡déjense de joder y léanlo!

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Por Mariano Fernández

domingo, 28 de diciembre de 2008

Un viaje redondo...



Yo tendría doce años cuando escuché, después de revolver cassettes viejos y despintados en algún cajón perdido, una canción potente como un rayo, que arranca con una frase estrepitosa e inolvidable… (“Pasó de moda el golfo como todo, viste vos”…)
¿Qué me quería decir esa voz? ¿Cómo iba a pasar de moda el golfo, si nunca lo había sido? Yo vivía a orillas del Golfo Nuevo, en Puerto Madryn. ¿Hablaba de ése Golfo? ¿Qué corno era el golfo? No se refería a ése golfo; eso era seguro (“…Como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás…”.)
La canción me taladró la cabeza (“…calles inteligentes, alemanas para armar”), me sacudió la cotidianeidad.
Necesité saber esa canción, cantarla a la par de esa voz, jugar a ser esa voz (“…y muchos marines de los mandarines…”). Pero para cantar mí canción tenía que necesariamente estudiar la letra: la canción de estos tipos no podía prescindir de la letra. Quien le pone a una canción “Queso ruso”, tiene algo para decir. Y el tipo que cantaba me quería decir algo cuando me decía que el golfo había pasado de moda. Nos entendíamos, la moda estaba ahí y un montón de idiotas la seguían; yo trataba de no ser uno más.
El tipo me caía bien.(“...Fijate de qué lado de la mecha te encontrás”) Él me entendía, y yo le entendía la letra de la canción, o mejor: me hacía el que la entendía. Y me armé una justificación para cada fragmento, para cada palabra, para cada voz. (“Y hay algo en vos que está empezando a asustarte”).
Nos dábamos fuerzas entre los dos. Yo escuchando esa canción me sentía fuerte, poderoso… Y a él se lo escuchaba mejor cuando yo lo acompañaba, tratando siempre de imitar su voz de lija suave que prometía un secreto, un misterio (“Quedate esa petaca esa petaca con saliva y nada más”). Así seguí escuchando sus canciones, sus ritmos, sus decires, sus palabras, sus enigmas, las músicas ricoteras, el fraseo directo y oscuro a la vez, que empecé a ver en otros lugares, en las calles, en las paredes, en las carpetas de los compañeros de escuela, en un inconciente colectivo que no necesitaba nombrarse con banderas, porque, simplemente, estaba ahí…

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Tres generaciones han escuchado las canciones de una banda que supo crearse una mística sin precedentes en la historia de nuestra cultura. Frases como “Vamos las bandas”, “Preso en mi ciudad”, “Todo un palo”, “Vivir solo cuesta vida”, “Violencia es mentir”, “Ladrón de mi cerebro”, “Todo preso es político”, “El que abandona no tiene premio”, “Gracias a dios uno no cree en lo que oye”, “El lujo es vulgaridad” son ya parte de nuestro acerbo cultural, fueron cantadas miles de veces en las duchas, en la calles, en los bares, en el fragor de una noche de dolor o de excitación; pintadas en paredes y en banderas, en tatuajes, en remeras; fueron sufridas y gozadas, en compañía y en soledad, por chicos de 12 años, 24, 36 o 47 años de todos los rincones de nuestro país, de clase pobre, media o alta. Todos los que escuchamos y escucharemos a esta banda legendaria relacionamos uno o muchos episodios de nuestra vida con sus canciones.

No es el lugar para plantear qué es y qué no es popular. Dos cosas podemos decir: Uno: no hay manera de creer que lo “popular” tiene o debe ser “fácil”, “chato”, “sencillo”, y por tanto “malo”. No podemos pensarlo después de escuchar esta música, estas letras, este sentir. Dos: los Redondos, sin duda, son populares, porque tres generaciones (al momento) hacen de esta música, de estas canciones, de este lenguaje, de este pensar y sentir, una parte inamovible de su identidad.

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El 21 y 22 de diciembre en la ciudad de La Plata el Indio Solari volvió a los escenarios, esta vez como solista, después de tres shows durante el 2008. Gente de los puntos más dispares del país se congregaron en la ciudad para esta verdadera fiesta del rock. Multitudes coparon las calles en espera del recital del sábado anunciado para las 21 horas, hora en la que el estadio estaba completo: unas 35 mil personas esperaban el momento crucial entre cánticos y tensiones eléctricas. Alrededor de las 22,20 se apagaron las luces y el Indio salió a escena con temas de su último disco Porco Rex. Pero la misa no estaba completa hasta que un acorde hizo enardecer a la multitud, era: Me matan, Limón!. La fiebre ricotera inundó La Plata: Maldición va a ser un día hermoso, Nadie es perfecto, Ñam fri fruli fali fru, Un ángel para tu soledad, Mariposa Pontiac - Rock del país, Juguetes Perdidos, alternados con temas de sus dos discos como solista. La fiesta terminó como siempre con el infaltable Ji ji ji, el pogo más grande del mundo.

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Tengo para mí que con el correr de los años esta banda en lugar de caer en popularidad va a crecer. Porque lo bueno resiste al tiempo y se mantiene actual siempre.
Los redondos son una manera de pensar la realidad social y subjetiva, un sentir popular unido a otra forma popular: la música. Un combo perfecto. Eso es para nosotros. Un combo perfecto. Porque como me dijo un ricotero en pleno recital, los que crecimos escuchando a los Redondos los vamos a seguir escuchando siempre.
El cántico le da la razón: “soy redondito… hasta que me mueeeeera”.
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Por Franco Nicoletti

jueves, 4 de diciembre de 2008

Malditos los libros




Mi biblioteca es yo. Y ahí tengo mis historias convertidas en libros; las vidas que no viví, las vidas que quisiera vivir o que, al menos, osé espiar. Mis primeras lecturas se limitan a Patoruzito y Mafalda; pongamos, a los ocho años de edad. Quizá porque los dibujitos de las historietas me llamaban más que todas esas letras juntas que me suponían una atención que no podía brindar.
Mi infancia fue una pelota y el barrio; las piernas rotas de potrear, la cara sucia y los nervios a flor de piel: fui “cazador” de arañas y lagartijas, de pájaros y de insectos; pongamos a los nueve. “Jugador” de béisbol, básquet y fútbol; visitador diario de playa y mar. Cambié Catecismo por Básquet y la iglesia por paseos con mi perra por la playa o el bosque, pongamos a los diez.
Probé mi primer cigarrillo y mis primeras bebidas alcohólicas, pongamos a los doce. Usurpé una construcción abandonada, pongamos a los trece, al compás de Guns n´Roses, Metallica y Los redondos, y metí los primeros manotazos de amor.
Tarde, mucho más tarde, y qué tarde… empecé a leer. 16 o 17 años; esa fue la edad en que entendí que en los libros había algo que nunca había imaginado. Mi mamá me lo dijo siempre y yo la terminé escuchando gracias a su insistencia. García Márquez, Sábato y Bioy Casares. Fui un chico de lugares comunes. Doce cuentos peregrinos, Crónica de una muerte anunciada, El túnel, La invención de Morel. Después Kafka y Dostoievski como dos patadas en la nuca. El proceso y El jugador, fueron las dos novelas que me hicieron creer que alguna vez yo sería escritor. Después terminé la secundaria y empecé a estudiar Letras y descubrí infinidad de autores que me hicieron notar que no era tan fácil ser escritor. Hoy, quizá siguiendo el precepto del inagotable Gorgie, amo más la lectura que la escritura. Y cómo… Y cuánto… Yo diría que se volvió una enfermedad.
Existen varios motivos por los que abandoné la Facultad cuando ya cursaba materias de cuarto y quinto año. Creo que el verdadero motivo de mi abandono fue la misma pasión por la lectura, poco compatible con la sistematización y la disciplina que requiere una formación universitaria. Yo quería leer Todorov, Shklovski, Bajtín, Borges, Arlt, Descartes o Nietzsche y la señora Universidad me ordenaba leer La celestina o Rubén Dario. Yo quería leer Poe, Caparrós, Sófocles o Shakespeare y la señora Universidad me ordenaba leer Shklovski, Bajtín o Todorov.
De los recuerdos que tengo de la Facultad, retengo con especial afecto cuando nos escapábamos de las aulas con un amigo, y nos sentábamos en los pasillos a conversar de autores, de libros, de mundos, de vidas.
Mi mundo estaba en los pasillos, no en el aula.
Alguien dijo: “los escritores se forjan en los pasillos, los críticos en las aulas”. No sé qué hay de cierto, pero yo me siento más identificado con los pasillos de la Universidad que con las aulas.

Segundo motivo de mi abandono académico: trabajé en una biblioteca.
Los libros estaban en el primer piso, en total silencio. Las estanterías de dos metros y medio de altura separadas por unos setenta centímetros entre sí. Por las mañanas, me tomaba diez o quince minutos, alguna vez veinte, para mirar los libros. Husmeaba los índices de ediciones empolvadas, programaba lecturas, conocía autores, traducciones, editoriales. Entendí que ése era el lugar donde quería estar.
Yo quería ser parte de ése mundo, y quería que ése mundo fuera parte de mí.

Así que con el correr de los años armé mi mundito dentro de mi casa. Mi biblioteca es modesta. Y aunque alguien pueda creer que está desordenada, yo sé exactamente qué libros tengo y cuales no, dónde están, dónde los compré, o de donde los saqué. Por ejemplo…
Entre los legados familiares puedo mencionar con orgullo: El jugador, de Dostoievski, Editorial Petronio, Barcelona, 1970; El proceso de Kafka, Losada, Buenos Aires, 1939; Obras completas de Graham Greene, Tomo 8, Seix Barral, Barcelona, 1988; y una Divina Comedia traducida por Bartolomé Mitre, Editorial Tor, Buenos Aires, 1946.

De Buenos Aires, de calle Corrientes: Comentarios a los tres tomos de EL CAPITAL tomo 1 de David Rosemberg. Lo curioso es que en la portada el libro tiene un sello. Puede leerse: BIBLIOTECA NACIONAL “José Martí” La Habana–Cuba. CANJE. Vaya uno a saber cómo llegó este libro a Buenos Aires.
De calle Florida; de una librería que está junto a otras en un subsuelo a pocas cuadras de Plaza San Martín, Los siete locos, de Arlt, Losada, Buenos Aires, 1958.
El Rey de la máscara de oro, de Marcel Schwob, de Carloz Paz, Córdoba, editorial Abraxas. Los de abajo, de Mariano Azuela, de una librería pequeña de diagonal 77 en La Plata.
Otros de los libros que más afecto les tengo son:
Presencias reales, de George Steiner; quizá sea el libro de ensayos que más rápido leí; Las ciento y Una–Cartas Quilotanas, el famoso debate entre Sarmiento y Alberdi, también de editorial Losada; Facundo, de Sarmiento, colección LA NACIÓN; Ensayos críticos de Roland Barthes por Seix Barral; Tragedias de Esquilo, Eurípides y Sófocles, de Gredos; Formas breves, de Piglia, edicion de Temas Grupo Editor; Las palabras y las cosas, de Michel Foucault; Los ríos profundos, de Argüedas; Hijo de Hombre, de Roa Bastos; El cartero llama dos veces, de James Cain. Algunos, sólo algunos…

De ahí al fetichismo: un paso. Es que el libro es un objeto de consumo, sí, el maldito capitalismo siempre está ahí, al acecho. Y pienso: tengo que controlarme. Y me dicen: tenés que controlarte. Sí, es verdad. Pero a veces no les hago caso.
Es que el libro representa la posibilidad de otra cosa; la posibilidad de una aventura, de una experiencia siempre nueva y única. Es un viaje, un sueño, un deseo.
Una creación es una verdad que antes no existía, una realidad diferente. Una amplitud. Y cuando la cotidianeidad me aplasta, cuando siento que el mundo no es lo que quisiera, cuando la tristeza me invade y la impotencia me consume, tengo mis libros. Sé que en esas hojas hay otra cosa, que esos objetos con letras pueden mostrarme otra realidad y hacerme creer que todavía se puede cambiar. Me hacen sentir que otro mundo, otra vida, está latente. Son una esperanza. Un canto. Mi fe; mi Dios.
Un par de años después volví a las estanterías silenciosas del primer piso de aquella biblioteca. Yo también en silencio, acaricié los libros, los saludé, les agradecí. Sé que me sintieron.

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Por Franco Nicoletti