domingo, 28 de diciembre de 2008

Un viaje redondo...



Yo tendría doce años cuando escuché, después de revolver cassettes viejos y despintados en algún cajón perdido, una canción potente como un rayo, que arranca con una frase estrepitosa e inolvidable… (“Pasó de moda el golfo como todo, viste vos”…)
¿Qué me quería decir esa voz? ¿Cómo iba a pasar de moda el golfo, si nunca lo había sido? Yo vivía a orillas del Golfo Nuevo, en Puerto Madryn. ¿Hablaba de ése Golfo? ¿Qué corno era el golfo? No se refería a ése golfo; eso era seguro (“…Como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás…”.)
La canción me taladró la cabeza (“…calles inteligentes, alemanas para armar”), me sacudió la cotidianeidad.
Necesité saber esa canción, cantarla a la par de esa voz, jugar a ser esa voz (“…y muchos marines de los mandarines…”). Pero para cantar mí canción tenía que necesariamente estudiar la letra: la canción de estos tipos no podía prescindir de la letra. Quien le pone a una canción “Queso ruso”, tiene algo para decir. Y el tipo que cantaba me quería decir algo cuando me decía que el golfo había pasado de moda. Nos entendíamos, la moda estaba ahí y un montón de idiotas la seguían; yo trataba de no ser uno más.
El tipo me caía bien.(“...Fijate de qué lado de la mecha te encontrás”) Él me entendía, y yo le entendía la letra de la canción, o mejor: me hacía el que la entendía. Y me armé una justificación para cada fragmento, para cada palabra, para cada voz. (“Y hay algo en vos que está empezando a asustarte”).
Nos dábamos fuerzas entre los dos. Yo escuchando esa canción me sentía fuerte, poderoso… Y a él se lo escuchaba mejor cuando yo lo acompañaba, tratando siempre de imitar su voz de lija suave que prometía un secreto, un misterio (“Quedate esa petaca esa petaca con saliva y nada más”). Así seguí escuchando sus canciones, sus ritmos, sus decires, sus palabras, sus enigmas, las músicas ricoteras, el fraseo directo y oscuro a la vez, que empecé a ver en otros lugares, en las calles, en las paredes, en las carpetas de los compañeros de escuela, en un inconciente colectivo que no necesitaba nombrarse con banderas, porque, simplemente, estaba ahí…

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Tres generaciones han escuchado las canciones de una banda que supo crearse una mística sin precedentes en la historia de nuestra cultura. Frases como “Vamos las bandas”, “Preso en mi ciudad”, “Todo un palo”, “Vivir solo cuesta vida”, “Violencia es mentir”, “Ladrón de mi cerebro”, “Todo preso es político”, “El que abandona no tiene premio”, “Gracias a dios uno no cree en lo que oye”, “El lujo es vulgaridad” son ya parte de nuestro acerbo cultural, fueron cantadas miles de veces en las duchas, en la calles, en los bares, en el fragor de una noche de dolor o de excitación; pintadas en paredes y en banderas, en tatuajes, en remeras; fueron sufridas y gozadas, en compañía y en soledad, por chicos de 12 años, 24, 36 o 47 años de todos los rincones de nuestro país, de clase pobre, media o alta. Todos los que escuchamos y escucharemos a esta banda legendaria relacionamos uno o muchos episodios de nuestra vida con sus canciones.

No es el lugar para plantear qué es y qué no es popular. Dos cosas podemos decir: Uno: no hay manera de creer que lo “popular” tiene o debe ser “fácil”, “chato”, “sencillo”, y por tanto “malo”. No podemos pensarlo después de escuchar esta música, estas letras, este sentir. Dos: los Redondos, sin duda, son populares, porque tres generaciones (al momento) hacen de esta música, de estas canciones, de este lenguaje, de este pensar y sentir, una parte inamovible de su identidad.

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El 21 y 22 de diciembre en la ciudad de La Plata el Indio Solari volvió a los escenarios, esta vez como solista, después de tres shows durante el 2008. Gente de los puntos más dispares del país se congregaron en la ciudad para esta verdadera fiesta del rock. Multitudes coparon las calles en espera del recital del sábado anunciado para las 21 horas, hora en la que el estadio estaba completo: unas 35 mil personas esperaban el momento crucial entre cánticos y tensiones eléctricas. Alrededor de las 22,20 se apagaron las luces y el Indio salió a escena con temas de su último disco Porco Rex. Pero la misa no estaba completa hasta que un acorde hizo enardecer a la multitud, era: Me matan, Limón!. La fiebre ricotera inundó La Plata: Maldición va a ser un día hermoso, Nadie es perfecto, Ñam fri fruli fali fru, Un ángel para tu soledad, Mariposa Pontiac - Rock del país, Juguetes Perdidos, alternados con temas de sus dos discos como solista. La fiesta terminó como siempre con el infaltable Ji ji ji, el pogo más grande del mundo.

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Tengo para mí que con el correr de los años esta banda en lugar de caer en popularidad va a crecer. Porque lo bueno resiste al tiempo y se mantiene actual siempre.
Los redondos son una manera de pensar la realidad social y subjetiva, un sentir popular unido a otra forma popular: la música. Un combo perfecto. Eso es para nosotros. Un combo perfecto. Porque como me dijo un ricotero en pleno recital, los que crecimos escuchando a los Redondos los vamos a seguir escuchando siempre.
El cántico le da la razón: “soy redondito… hasta que me mueeeeera”.
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Por Franco Nicoletti

jueves, 4 de diciembre de 2008

Malditos los libros




Mi biblioteca es yo. Y ahí tengo mis historias convertidas en libros; las vidas que no viví, las vidas que quisiera vivir o que, al menos, osé espiar. Mis primeras lecturas se limitan a Patoruzito y Mafalda; pongamos, a los ocho años de edad. Quizá porque los dibujitos de las historietas me llamaban más que todas esas letras juntas que me suponían una atención que no podía brindar.
Mi infancia fue una pelota y el barrio; las piernas rotas de potrear, la cara sucia y los nervios a flor de piel: fui “cazador” de arañas y lagartijas, de pájaros y de insectos; pongamos a los nueve. “Jugador” de béisbol, básquet y fútbol; visitador diario de playa y mar. Cambié Catecismo por Básquet y la iglesia por paseos con mi perra por la playa o el bosque, pongamos a los diez.
Probé mi primer cigarrillo y mis primeras bebidas alcohólicas, pongamos a los doce. Usurpé una construcción abandonada, pongamos a los trece, al compás de Guns n´Roses, Metallica y Los redondos, y metí los primeros manotazos de amor.
Tarde, mucho más tarde, y qué tarde… empecé a leer. 16 o 17 años; esa fue la edad en que entendí que en los libros había algo que nunca había imaginado. Mi mamá me lo dijo siempre y yo la terminé escuchando gracias a su insistencia. García Márquez, Sábato y Bioy Casares. Fui un chico de lugares comunes. Doce cuentos peregrinos, Crónica de una muerte anunciada, El túnel, La invención de Morel. Después Kafka y Dostoievski como dos patadas en la nuca. El proceso y El jugador, fueron las dos novelas que me hicieron creer que alguna vez yo sería escritor. Después terminé la secundaria y empecé a estudiar Letras y descubrí infinidad de autores que me hicieron notar que no era tan fácil ser escritor. Hoy, quizá siguiendo el precepto del inagotable Gorgie, amo más la lectura que la escritura. Y cómo… Y cuánto… Yo diría que se volvió una enfermedad.
Existen varios motivos por los que abandoné la Facultad cuando ya cursaba materias de cuarto y quinto año. Creo que el verdadero motivo de mi abandono fue la misma pasión por la lectura, poco compatible con la sistematización y la disciplina que requiere una formación universitaria. Yo quería leer Todorov, Shklovski, Bajtín, Borges, Arlt, Descartes o Nietzsche y la señora Universidad me ordenaba leer La celestina o Rubén Dario. Yo quería leer Poe, Caparrós, Sófocles o Shakespeare y la señora Universidad me ordenaba leer Shklovski, Bajtín o Todorov.
De los recuerdos que tengo de la Facultad, retengo con especial afecto cuando nos escapábamos de las aulas con un amigo, y nos sentábamos en los pasillos a conversar de autores, de libros, de mundos, de vidas.
Mi mundo estaba en los pasillos, no en el aula.
Alguien dijo: “los escritores se forjan en los pasillos, los críticos en las aulas”. No sé qué hay de cierto, pero yo me siento más identificado con los pasillos de la Universidad que con las aulas.

Segundo motivo de mi abandono académico: trabajé en una biblioteca.
Los libros estaban en el primer piso, en total silencio. Las estanterías de dos metros y medio de altura separadas por unos setenta centímetros entre sí. Por las mañanas, me tomaba diez o quince minutos, alguna vez veinte, para mirar los libros. Husmeaba los índices de ediciones empolvadas, programaba lecturas, conocía autores, traducciones, editoriales. Entendí que ése era el lugar donde quería estar.
Yo quería ser parte de ése mundo, y quería que ése mundo fuera parte de mí.

Así que con el correr de los años armé mi mundito dentro de mi casa. Mi biblioteca es modesta. Y aunque alguien pueda creer que está desordenada, yo sé exactamente qué libros tengo y cuales no, dónde están, dónde los compré, o de donde los saqué. Por ejemplo…
Entre los legados familiares puedo mencionar con orgullo: El jugador, de Dostoievski, Editorial Petronio, Barcelona, 1970; El proceso de Kafka, Losada, Buenos Aires, 1939; Obras completas de Graham Greene, Tomo 8, Seix Barral, Barcelona, 1988; y una Divina Comedia traducida por Bartolomé Mitre, Editorial Tor, Buenos Aires, 1946.

De Buenos Aires, de calle Corrientes: Comentarios a los tres tomos de EL CAPITAL tomo 1 de David Rosemberg. Lo curioso es que en la portada el libro tiene un sello. Puede leerse: BIBLIOTECA NACIONAL “José Martí” La Habana–Cuba. CANJE. Vaya uno a saber cómo llegó este libro a Buenos Aires.
De calle Florida; de una librería que está junto a otras en un subsuelo a pocas cuadras de Plaza San Martín, Los siete locos, de Arlt, Losada, Buenos Aires, 1958.
El Rey de la máscara de oro, de Marcel Schwob, de Carloz Paz, Córdoba, editorial Abraxas. Los de abajo, de Mariano Azuela, de una librería pequeña de diagonal 77 en La Plata.
Otros de los libros que más afecto les tengo son:
Presencias reales, de George Steiner; quizá sea el libro de ensayos que más rápido leí; Las ciento y Una–Cartas Quilotanas, el famoso debate entre Sarmiento y Alberdi, también de editorial Losada; Facundo, de Sarmiento, colección LA NACIÓN; Ensayos críticos de Roland Barthes por Seix Barral; Tragedias de Esquilo, Eurípides y Sófocles, de Gredos; Formas breves, de Piglia, edicion de Temas Grupo Editor; Las palabras y las cosas, de Michel Foucault; Los ríos profundos, de Argüedas; Hijo de Hombre, de Roa Bastos; El cartero llama dos veces, de James Cain. Algunos, sólo algunos…

De ahí al fetichismo: un paso. Es que el libro es un objeto de consumo, sí, el maldito capitalismo siempre está ahí, al acecho. Y pienso: tengo que controlarme. Y me dicen: tenés que controlarte. Sí, es verdad. Pero a veces no les hago caso.
Es que el libro representa la posibilidad de otra cosa; la posibilidad de una aventura, de una experiencia siempre nueva y única. Es un viaje, un sueño, un deseo.
Una creación es una verdad que antes no existía, una realidad diferente. Una amplitud. Y cuando la cotidianeidad me aplasta, cuando siento que el mundo no es lo que quisiera, cuando la tristeza me invade y la impotencia me consume, tengo mis libros. Sé que en esas hojas hay otra cosa, que esos objetos con letras pueden mostrarme otra realidad y hacerme creer que todavía se puede cambiar. Me hacen sentir que otro mundo, otra vida, está latente. Son una esperanza. Un canto. Mi fe; mi Dios.
Un par de años después volví a las estanterías silenciosas del primer piso de aquella biblioteca. Yo también en silencio, acaricié los libros, los saludé, les agradecí. Sé que me sintieron.

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Por Franco Nicoletti

jueves, 13 de noviembre de 2008

LA CASA DE LOS CONEJOS (*): una narración onírica.


Según la definición de los Formalistas Rusos, lo literario se origina cuando el lenguaje cotidiano es sometido a un procedimiento que produce extrañamiento. Es decir, a partir de un trabajo con el lenguaje que se distancia del lenguaje cotidiano, la cotidianeidad y el objeto mismo, son llevados a una nueva percepción, desautomatizándolos.
Para ello es necesario correr un riesgo, realizar un movimiento que produzca dicho extrañamiento; que produzca literatura.
El riesgo que corre Laura Alcoba es uno mayor. ¿Quién es el narrador de la casa de los conejos? ¿La niña de siete años? No. ¿La Laura adulta que escribe desde París? No completamente.
Éste es el movimiento clave y arriesgado, la apuesta fuerte de esta novela.
En la introducción a la entrevista que le hace Fernanda González Cortiña a la autora de La casa de los conejos, que puede encontrarse en la edición del 27 de abril de 2008 de Página 12, leemos: “En la traducción de La casa de los conejos (Edhasa) del francés a la lengua materna de la autora (hecha por Lepoldo Brizuela, escritor también platense, ganador del Premio Clarín en 1999) se produce un distanciamiento que vuelve la lectura, por momentos, un tanto incómoda”.
Y la incomodidad se produce en el intento de entrar al juego que nos propone una narración que no puede encontrarse fácilmente en los anales de la literatura universal. Pero cuando una apuesta de esta magnitud está llevada a cabo con mano maestra cedemos a la tentación y escuchamos las voces de Laura en un eco que traspasa el tiempo y nos sumerge en un mundo onírico.
La Laura adulta desde París narra en presente, desde la óptica y con la voz de aquella Laura de siete años, los hechos ocurridos en La Plata en los años 1975 y 1976; así lo explica en la primera hoja del libro: …”que si al fin hago este esfuerzo de memoria para hablar de la Argentina de los Montoneros, de la dictadura y del terror, desde la altura de la niña que fui[1], no es tanto por recordar como para ver si consigo, al cabo, de una vez, olvidar un poco”.
Entonces, “desde la altura de la niña que fui” nos llega una voz que cuenta los años de la dictadura con notable ternura y precisión, en un lenguaje que no puede ser el de una niña, dejando en ese distanciamiento un lugar para la intromisión esporádica de la otra Laura, sentada en un escritorio en París. En uno de los encuentros que tiene la niña Laura con el Ingeniero puede leerse: “su voz llega hasta mí, ahora, notablemente asordinada”[2].

Con notable ternura y un lenguaje llano, sentimos lo que pudo sentir esa nena en ese contexto. Vemos, desde su ángulo, desde su perspectiva, el terror. Sólo un movimiento de esta índole puede narrar un episodio tan trillado y tan doloroso con tanta efectividad.
La obra se cierra con notable circularidad, con el develamiento de una verdad insoslayable, que siempre estuvo ahí, a la vista de todos, acechando como un lobo feroz.
Visualizo una imagen: la veo a Laura en su país actual, en su ciudad, en su casa, en su habitación, las persianas bajadas, el ambiente a media luz, ella cierra los ojos y entra en sueño, viaja por el tiempo y el espacio, evoca fantasmas, olores, sonrisas, los ojos de Diana, la inseguridad, el “embute” donde se esconden los ejemplares de Evita Montonera, y se pone a escribir… Sólo así podrá exorcizar los fantasmas que habitan en su interior, los fantasmas de un pueblo, de una historia vestida de sangre.

[1] La cursiva es mía.
[2] Idem.
(*)Laura Alcoba, La casa de los conejos, Buenos Aires, Edhasa, 2008.
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Por Franco Nicoletti

jueves, 6 de noviembre de 2008

Clientes... (una especie de antología)


-¿Tenés el libro Los agüjeritos de Rucci…? –pregunta un cliente.
Verónica frunce el ceño y se demora en contestar; es que no puede creerlo; pero sí, se trata de Operación Traviata, investigación periodística que trata el asesinato del dirigente sindical. Entonces intento sacarla del transe con sólo una mirada: todavía incrédula se pregunta:
-¿Operación Traviata?
Sí, y sin anestesia.

sábado, 1 de noviembre de 2008

7 premisas para un ACTOR


EL ACTOR NO SE MUEVE; ACCIONA:
*El movimiento disipa la energía.
*Si el actor se lava la cara (por poner ejemplo) entonces debe entregarse a esa acción por completo y no a otra.

INVESTIGA:
*Lo peor que puede hacer un actor es realizar una acción y quedarse a mitad de camino. Cada acción debe jugarse por completo o acudir a la sutileza de manera adrede.
*No debe abortar, debe investigar, profundizar.

El actor hace verdad AQUÍ Y AHORA:

*No se debe buscar el efecto final, sino llegar a él a través de un proceso de investigación.
*No debe pensarse en materia de resultados, sin antes pasar por una búsqueda interna: condiciones dadas, lógica estructural, etc.
*El actor es un creador en el aquí y ahora.
*Quién premedita una escena (en su totalidad) hace televisión.
*El actor no debe ir a los lugares comunes, ni explicar sus cometidos: “ahora lloro”, “ahora río”. La acción y la verdad se constituyen en el detalle, AQUÍ y AHORA.

CREA:
*El actor es un creador, por tanto debe inventar, debe dejarse llevar por lo que la situación le sugiere y aún más. Si busca una imagen anterior a la experimentación, no sólo forzará su investigación, sino que será más pobre.
*Crear es dejar lugar para la sorpresa.

SIGNIFICA:
*Todo es signo: los objetos, nuestro cuerpo, la luz, el sonido. Si se prende una luz, debe saberse porqué se lo hace y debe estar en consonancia con la lógica de la obra; de igual manera, si el actor acciona, debe saber porqué lo hace y debe estar en consonancia con la lógica interna de la obra.
*Por ello, el detalle también significa.

SE RELACIONA DIALECTICAMENTE:
*El actor no está solo: está con otros actores. Así como se relaciona con los objetos, se relaciona con otros ACTORES con quienes se establece una relación de ACCION/REACCIÓN fundamental.
*El actor debe ser el mejor amigo de su compañero de escena: quererlo, conocerlo, sentirlo.

ESTUDIA:
*El actor debe formarse teóricamente, debe leer, debe conocer la historia, los distintos géneros del arte y el teatro: un objeto, una acción, no significará lo mismo en dos contextos diferentes.


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Por Franco Nicoletti

miércoles, 22 de octubre de 2008

Tzvetan Todorov: La conquista de América: el problema del otro [1].


El ensayo de Todorov empieza con una frase ilustrativa que traza la aventura de una búsqueda: “Quiero hablar del descubrimiento que el yo hace del otro”. Y dice luego: “…mi interés principal es más el de un moralista que el de un historiador; el presente me importa más que el pasado”. ¿No es en realidad ésta la tarea de todo historiador? ¿Qué elige mostrar un historiador cuando hace referencia a tal o cual episodio?
Puntualmente, si Todorov se plantea el análisis del proceso de la conquista y la eliminación sistemática de la población nativa de América, es claro, dicha conquista es una metáfora, un símbolo, de la eliminación del otro bajo la figura del mayor genocidio de la humanidad; es decir, la confrontación con la otredad llevada al paroxismo.
En ése contexto, fines del siglo XV principios del XVI, se degrada la diferencia en desigualdad. Es claro: lo diferente pierde su condición de sujeto o nunca la adquiere. Los españoles traen la civilización, son la civilización; los nativos son bárbaros. Se los aniquila, tortura o esclaviza por la simple y sencilla razón de “no querer mudar costumbres”, como refirió Pedro Mártir en una de sus relaciones. La mentalidad del español se reduce a: “ellos deben ser como nosotros, o no ser”.
Pero esto es sólo una ilusión. Hay más: la diferencia es tanta que los españoles lo ven como algo esencial. Los nativos no pueden (ni quieren) ser “civilizados”. Son peor que animales; son objetos. Hay dos posibilidades entonces: o se los esclaviza o se los aniquila.

El pensamiento clásico occidental ampara la moral española y su proceder. Es Aristóteles en su Política quien establece la distinción entre quienes han nacido para amos y quienes para esclavos. El filósofo español Juan Ginés de Sepúlveda justifica en el siglo XVI el proceder de la civilización sobre la barbarie americana con este texto lapidario: “el imperio y dominio de la perfección sobre la imperfección, de la fortaleza sobre la debilidad, de la virtud excelsa sobre el vicio”[2].

Cómo no releer los acontecimientos de la conquista de América en íntima relación con las sangrientas afrentas de los siglos siguientes. El acto moral de condenar el exterminio del otro, en la América de la conquista, en la Alemania nazi, en la Rusia de Stalin, en el Chile de Pinochet, en la guerra de Irak o Afganistán (lugares comunes), en el sistema capitalista de la actualidad en cualquier parte del mundo; bajo la figura del racismo y la discriminación, dónde sea como sea y bajo cualquier circunstancia, no se reduce, no puede reducirse a señalar con el dedo la patética antinomia del bien/mal sino que propone entender, desentrañar, poner a la luz, de-velar, conocer los procesos sociales que los constituyeron, que los constituyen, con el fin de no repetirlos en el presente ni en el futuro. ¿No levantan muchos la bandera de la democracia? ¿Y qué es democracia si no la inclusión y aceptación del otro como igual y como sujeto en la infinita variedad cultural que propone un mundo globalizado?

Oscar Wilde en El alma del hombre bajo el socialismo, dijo: “…el altruismo consiste en dejar a los demás vivir a su antojo, sin entrometerse en sus vidas. El egoísta tiende a crear a su alrededor una completa uniformidad de tipos. El hombre sin egoísmo se siente encantado de ver a su alrededor una variedad infinita de tipos, la acepta, la aprueba y se complace en ella”.
Esta lectura entre muchas posibles.

La conquista de América, de Tzvetan Todorov, no es un libro más que juega al exotismo con la historia. Es la apuesta de un intelectual por un mundo mejor.

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[1] Tzvetan todorov, La Conquista de América, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.

[2] Sepúlveda, J. Ginés de, Demócratas alter, citado por Todorov en La Conquista de América, pag 186.


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Por Franco Nicoletti

jueves, 2 de octubre de 2008

Clientes... (una especie de antología)

*Señora de buen vestir y grandes aretes, bañada en un perfume dulzón:
-Hola nene. Busco un libro que no me acuerdo el título, pero es algo así como Una granja formidable, de un autor español, Raúl... No me puedo acordar el apellido.
-¿Pero es una novela? ¿Un ensayo? –pregunto.
-Novela, novela. En realidad nació en España pero de chico vive en Argentina. Es muy conocido.
-Vive acá… Muy conocido…
-¿Tan difícil puede ser? Buscá en la computadora: Una granja formidable.

Busco… intento… reintento. Nada.

Se me viene en mente un escritor que… No; me digo. No puede ser ése. Debe ser otro. Me focalizo en los esfuerzos de la señora por explicarme qué libro quiere.
-Pero ¿puede ser posible? ¿No está el encargado? Vos sos muy jovencito.
-Y qué tiene que ver, señora. Estoy pensando.
-Le hicieron una nota en la revista de Clarín, el domingo.
Sí, era ése. Entonces no sé de qué manera decirle:
La tierra incomparable, de Antonio Dalmasetto.
Camino hasta el libro y se lo traigo. Pero esta señora no sabe perder. Entonces acota:
-Viste que no podía ser tan difícil.
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Por Franco Nicoletti
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*Veinte mil lenguas de viaje submarino, por Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne.

*Anselmo novillolargo, por Anselmo tobillolargo.

*Antígona rápida, por Antígona Vélez, de Marechal.

*La Guitarrilla, por La Gitanilla de Cervantes.


jueves, 25 de septiembre de 2008

Janis Joplin. En la era del jadeo, un retorno al sentimiento


Voy a ser caprichoso. Hay un grupete de chicas, estrellas de la industria musical, conforman una nueva – y ya no tan nueva- generación de cantantes adolescentes que ya no adolecen. Digamos: B. Spears, C. Aguilera, J. Stone, Beyoncé, Shakira y varias más a quienes reconozco por sus nalgas o sus escotes pero cuyos nombres se me escapan. No son todas iguales, alguna canta mejor que otra, pero todas coinciden en este hecho: todas, más allá de sus diversas dotes vocales, han puesto el canto al servicio del jadeo. Y quien jadea no canta. Quien jadea satisface, aunque provisoriamente, los deseos más carnales del público. Y el deseo, como bien dijo Erasmo de Rotterdam, es el rey cuyo dominio empieza debajo de la zona abdominal.
Lo dije: voy a ser caprichoso. Estas pibas me gustan como mujeres, pero no como cantantes. De la mayoría sólo conozco una, dos, tres canciones. No importa: me basta. Aunque canten bien. Aunque afinen. Ése, como veremos, no es el tema.
El tema, la pregunta, es esta: ¿por qué jadean tanto estas muchachas? Aquí van mis razones: 1) porque aunque son dotadas, su arte fue fagocitado por la industria, y entonces, antes que artistas, son productos estratégicamente diseñados; 2) entonces, el imperativo es vender cierta pose sexy; 3) y esa pose es el resultado de un combo infalible: un cuerpo explosivo, que se menea con sexualidad, con erotismo calentón de ribetes porno, y que se complementa con esas voces que arrastran onomatopeyas (ahh, ieee, ooohhh, hhuuu), y que jadean, gimen, se convulsionan en orgasmos fingidos. De hecho, sus canciones no se sustentan sin el correspondiente videoclip. De hecho, las canciones no importan. De hecho, sin la imagen, no son nada.
Ahora bien, más allá de estas invectivas, algo es indudable: hay muchas personas que disfrutan con esta modalidad mal parida del canto sensual. Y no hace falta que venga ningún defensor de la “buena música” a decir qué hay que escuchar y qué no. Pero lo que sigue no es un consejo de sabiondo: es una invitación. El que quiera entrar, que entre. El que no, se quedará afuera, tal vez entibiado (¿caliente?) por el jadeo meloso de nuestras frenéticas diosas emetevé o emtiví (MTV, según las siglas en inglés).
La invitación: escuchar a Janis Joplin, en quien el don se convierte en drama y sentir. Tal vez Joplin no sea una cantante exquisita. Hay voces mejor dotadas, más finas, más delicadas. ¿Pero quién busca eso cuando escucha a Janis Joplin? Janis carraspea, grita, a veces gime, sí, pero el gemir está puesto bajo el mando del canto, y entonces resulta furia, sensualidad, euforia y dolor. Esto es drama: una efusión de sentimientos que trastocan la modorra emocional.
Joplin es versátil al modo de los mejores actores. De ahí, también, la potencia de la faz dramática de su canto. Basta escuchar (y si es posible, en seguidilla) estas canciones: Half moon, Get it while you can, Move over, Trust me, One good man, Kozmic Blues, Me and Boby McGee. Del éxtasis a la melancolía, una interpretación sincera y visceral, creíble, en la cual los recursos del canto (que, por supuesto, incluyen el jadeo) son utilizados sin exageraciones, tal cual el buen actor pone en escena los gestos faciales, las ondulaciones de su voz o los movimientos de su cuerpo.
Joplin es una integrante dilecta del panteón de figuras del rock inmoladas antes de cumplir los 30 (ella nació en 1943 y murió, por sobredosis de heroína, en 1970). Algunos datos de su vida deben haber sido manjares para biógrafos hambrientos o para otros más preocupados en la cáscara que en la esencia. ¿La esencia? Sí: la cáscara es el impacto; la esencia, el sentimiento. De verdad, es más grato y más interesante escucharla cantar que imaginarla inyectándose una suculenta dosis intravenosa.
Los efectos del canto de Joplin son voluptuosos, el espíritu del oyente se hincha de sensaciones y su cuerpo recibe el eco inmediato del sistema nervioso. Es una ebriedad que no desborda en borrachera. El umbral, se sabe, es delicado: ebrios, nuestros sentidos se agudizan, somos cuerpos receptivos, que multiplican las fuentes del placer. Borrachos, somos tan sensibles como un ladrillo hueco como una estatua dopada.
Y Janis, créanme, es el elixir que nos coloca en un inquietante estado de ebriedad.
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Por Mariano Fernández

jueves, 18 de septiembre de 2008

La Noche Quedó Atrás (again)


LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS, son las memorias de Jan Valtin (Richard Krebs), un joven trotamundos (alemán de nacimiento) que a sus catorce años habla 5 idiomas y conoce más de 20 países. Impulsado por el odio a las injusticias y la pasión por los barcos, heredada de su padre, comienza a militar en el Partido Comunista alemán, llegando a ser uno los militantes más prestigiosos de la Internacional en el periodo de entreguerras. Testigo del ascenso de Hitler y de una época donde la violencia, la muerte y las pasiones políticas ocupan el centro de la escena, Jan Valtin relata con una prosa precisa y llana la velocidad y la vorágine de sus días por los puntos más dispares del globo, desde Hamburgo, Montevideo, Amberes, Los Ángeles, Berlín, Copenhague hasta Londres, Moscú o San Petersburgo. Asediado por las contradicciones de un sistema stalinista cada vez más burocrático y más alejado de los intereses reales del proletariado, Valtin se debate entre su deber para con el Partido y la permanente tentación de preguntarse si realmente vale la pena tanta muerte y sacrificio. Cuando uno se empapa de esas páginas, no le alcanza la vida para retener tanta información, nombres, fechas, episodios, en una narración que sin dudas traduce el ritmo de vida que llevaba no solo Valtin sino todos los militantes políticos de aquellos años, donde nada nada era seguro, y en medio de la desconfianza permanente por todo ser viviente, uno podía pasar de cazador a cazado, de alemán a danés, de camarada a traidor, de vivo a muerto.
Pero entre esa vorágine y ese ritmo narrativo, se cuela una frase, un instante, un stop; una mirada, un nombre, un destino, que nos hiela la sangre y nos pega una buena trompada en la jeta. Porque cualquiera de los seres queridos que rodean a Valtin pueden desaparecer; y con eso sentimos que los nuestros también. Ahora mismo. Hoy. Violentados por el otro, que toma la forma de un monstruo, de un demonio, sea bajo la máscara de un oficial de la GESTAPO, de la misma GPU, sea de la Triple A o de un policía de la bonaerense.
A medida que transcurren las páginas Valtin se encuentra más sólo, más cerca del infierno a cada segundo, deseando la muerte como una liberación a las aberrantes e infames torturas sufridas en las cárceles y campos de concentración del Nazismo. Y cuando creemos que su suerte está echada, una vez más este libro brillante nos sorprende con un nuevo viraje que nos dejará pasmados.
Un relato tan violento no es otra cosa que un regalo de paz de un hombre que dedicó su vida a una causa donde el ideal primigenio fue la liberación de una clase oprimida y esclava; un libro fascinante, inolvidable, feroz, un llamado a reflexionar sobre lo que somos y lo que queremos de nosotros mismos, un relato de la tolerancia, de la otredad, cuando vislumbramos otro clima político, sí, que ha cambiado sus formas, sí, pero que en muchos aspectos sigue siendo el mismo que en los años agitados de Jan Valtin. La pregunta que nos asalta a cada página, a cada renglón, es ¿Cuál es la nueva forma de la revolución, cual es la nueva forma de hacer un mundo igualitario, sin violencia, sin el aniquilamiento del otro, sin muerte, sin guerras?
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Por Franco Nicoletti

jueves, 11 de septiembre de 2008

Clientes... (una especie de antología)


* Señora; 50 años:
-Quiero cambiar este libro porque no sé si será la traducción o qué pero está muy mal escrita. Horrible.
Me alcanza el libro, lo miro y le digo:
-No hay problema si quiere cambiarlo, pero no hay traducción, señora. Está escrito en español.
(El libro es El pergamino de la seducción¸ de Gioconda Belli)
-Bueno, miro y elijo.
-Cómo no.
Cinco minutos después se acerca:
-Bueno, llevo éste. Espero que sea mejor la traducción. ¿Me das otra bolsita? –dice extendiéndome el nuevo libro elegido.
Lo miro y me caigo del asombro; es: Arrancame la vida, de Ángeles Mastretta. Ensayo un esfuerzo más por entendernos:
-Ángeles Mastretta es mejicana y Gioconda Belli nicaragüense.
-Espero que éste sea mejor, el otro era una porquería, no sé si será un tema de traducción o qué.
Me rindo. La señora se va. Yo me quedo dándole vueltas a la cosa, pensando, a qué se referirá la señora cuando dice “traducción”.
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Por Franco Nicoletti

viernes, 5 de septiembre de 2008

Pedro y Pablo III


PABLO GUERRA: SUELTO- MÁS QUE UN CABALLERO

Suelto es el primer disco solista de Pablo Guerra desde que el guitarrista se despidiera de los Caballeros de la Quema. Ya nos había hecho conocer su voz y su música con la banda de oeste, pero ahora tenemos un disco solista del alto muchacho despeinado al que no queríamos perder. Por momentos vislumbramos las bases de canciones que tranquilamente podrían ser de los viejos Caballeros… y nos pega un poco la nostalgia; la primera impresión es sentir que las canciones extrañan la letras de Noble, pero eso no nos importa porque a Guerra le interesa “tocar” y hacer música. En una entrevista en los tiempos de Fulanos de Nadie le preguntaron qué era lo que esperaba de la banda; muy suelto respondió algo así como: “Nada. Lo único que me importa es tocar”. Y eso se nota. A Guerra la música la sale por los poros y le aflora el rock y el reggae, con sus diestras guitarras dignas de lo mejor de la música internacional en una conjunción entre lo urbano (aporteñado) y las influencias de los clásicos (Lou Reed? Bob Marley? Hendrix? Clapton? The Cream? Stevie Ray Vaughan?). Las raíces están ahí: la alegría de sus canciones navega entre amores perdidos y copas de noche; rutas desoladas y guitarras entre amigos; distorsiones poderosas y voces de cenizas. A la hora de cantar… sabemos: Guerra no es un cantante, pero recuperamos esa voz cálida, de poco caudal, pero tan particular que siempre quisimos un poco más en las canciones de Los Caballeros... ¿Qué busca uno en un cantante si no es la singularidad?
Guerra la tiene; en su música, en su timbre de voz, en sus canciones, quizá mañana en sus letras, aunque, insisto, eso no nos importa después de escuchar canciones de tan alta lucidez como “Al fin”, “Vení a verme”, “Vidas cruzadas”, “Luz de Velas”, “Lejos”, “Brum brum, hace mi moto”, “Ruta”. Escuchar estas canciones nos llena de alegría porque la música de las guitarras de Pablo Guerra es una conjunción, insisto, entre las calles que caminamos, los sonidos y el poder de los grandes de la música de todos los tiempos.
Nosotros, festejamos el regreso de un todo un caballero, aunque haya demostrado con este disco ser mucho más que éso.
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Por Franco Nicoletti

jueves, 28 de agosto de 2008

Pedro y Pablo. Vidas...


Las canciones de Pedro Guerra me hacen creer que podríamos ser amigos; que es un hombre sencillo, humilde y grande. (..quisiera saber… cuando no se sufre/ no puedo entender la ciudad sin luces…) Vidas, su ultimo trabajo, es un disco dedicado a su familia, las letras hablan de ella y de los hombres sencillos que, como él mismo, andan por la vida entre fracasos y alegrías, entre derrotas y años pasados. (…el devenir será testigo de cómo al hilo del amor viví una eternidad contigo…) Sus canciones recuerdan por momentos la trova de Silvio y sus continuadores en tanto que podría resolverse con una guitarra y una voz, aunque este disco esté cuidado no sólo en guitarras, cajones, hammonds y pianos, y los ritmos se deslicen por la canción es busca de distintos géneros y estilos. (…detrás del humo si lo logras verás todo lo que importa…) La voz tan cálida y limpia, de una afinación perfecta, hace relucir las letras fabulosas, dotadas de una sencillez de lenguaje pero de una poesía memorable que nos hace querer un poco más este mundo y las historias que encierran las personas anónimas que andan por ahí. (…pensó que jamás entregaría sus manos a quien pretendiera encadenar sus manos…) Aquí no hay grandilocuencias, ni tildes, ni estridencias; podría decir que Pedro Guerra no busca sorprender, aunque lo haga. Vidas es sinónimo de suavidad, de alegría, de emoción. Es un disco par desenchufarse, para sentir, para escuchar una y otra vez, una y otra vez.
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Por Franco Nicoletti

domingo, 24 de agosto de 2008

Stevie ray Vaughan & Double Trouble


Busco con el mouse. La flechita del cursor sabe lo que hace. Pincho, bajo, subo; PLAY. Ahora sí… Subo el volumen, me acomodo en mi silla, agarro la caja del cd y miro la foto: tengo que verlo con el sombrero negro, el colgante en el cuello, los ojos cerrados. Mientras pienso, arranca el primer compás… Tiemblan las paredes, los libros vibran, una foto vieja dentro del portarretrato cobra vida, una guitarra poderosa raja el aire. Un bajo y una batería hacen de suelo mientras un solo de guitarra aúlla como un lobo herido en luna llena. Cierro los ojos; imagino un escenario, el destello de las luces y un gigante con su guitarra entre las manos; unas botas tejanas, la camisa negra, el sudor de un guerrero en éxtasis…
Camino hasta la cocina y abro una cerveza. Estoy solo. Es bueno estar solo a veces.
(SILENCIO)
Me sirvo mi elixir nocturno y tomo. La música suena otra vez… Blues… Es Tin Pan Alley. Pienso en mis cosas… reviso mis libros… Es noche… Soy blues… El recuerdo de un amigo perdido me inunda el cuerpo. Son cosas que pasan, me digo. Fue un día largo; la rutina, la velocidad, la vorágine. Me acuerdo de algunas noches en los inviernos helados del sur… Los abrazos que guardamos en cajones. Me sacudo la nostalgia y vuelvo a mi vaso. Es noche, es La Plata, es blues… es Stevie Ray Vaughan.
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Por Franco Nicoletti

Clientes... (una especie de antología)

*Busco un libro que se llama “Y ahora quién le escribe al Capitán”.
(Por El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Marquez)

*La mala del alma, por la Dama del alba.

*-Busco un libro que se llama “La rana detective”
-¿Será el sapo?
-Ah, bueno, sí era un sapo no una rana.
-¿“Ruperto detective” será?
-¡Eeeese!

sábado, 23 de agosto de 2008

"El Don"


Mujer adornada de colgantes. 45 años. Se dirige al vendedor-librero (o sea yo) y pregunta:

-¿Tenés el libro que tiene la analogía entre tu signo y tu arcángel?
-Cómo.
-“La llama” se llama…
-¿Cómo? –repregunto.
-Es un libro que te da las características de tu arcángel de acuerdo con tu signo, ¿me lo das?
-¿Cómo se llama el libro?
-“La llama” ¿lo conocés?
-No, me fijo. ¿Tenés algún dato más?
-NO, poné en Google y seguro te sale.
-El autor, editorial o… ¿de ángeles es?
-Nooo, de arcángeles. No es lo mismo.
-Ah, claro.
-Lo que pasa que yo tengo un don.
-¿Cómo? –pregunto otra vez atónito.
-Que tengo un don. Sí, pero yo esto no lo hablo con nadie. Tengo un don para ayudar a la gente, yo no lo digo, ni comercializo con eso, pero yo de noche pienso en la gente que quiero y la ayudo, ni siquiera se los digo. De mi mamá lo heredé.
-¿Ah... y no le puede preguntar algún dato más sobre el libro a su madre?
-Nooo… ella murió. Cuando yo tenía un año.
-Ah.
-Ella me transmitió el don. Pero yo no comercializo con eso. Mi familia en cambio… si yo te digo quienes son mis familiares. Famosos son… ¿Vos cómo te llamas?
-Franco…
-Franco, ¿lo tenés al libro?
-Noo, no, habría que averiguar pero con algún datito más.
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Por Franco Nicoletti

viernes, 22 de agosto de 2008

Pedro y Pablo


QUEBRADO: JOYA TU CORAZÓN

El nuevo disco doble de Pedro Aznar es una joya de nuestra música. El disco 1 son temas de su composición: pocos instrumentos: guitarras, bajos, baterías, algún piano o teclado y algún violín. Canciones donde sorprende escuchar no sólo su voz tan particular y su afinación precisa y cálida; sino la transmisión y el sentir de un cuerpo que se atraviesa por la conflictiva de la canción, como en “Amar y dejar partir”, “Joya tu corazón”, o “Asimetría”, donde un piano y una voz parecen acariciar el aire con palabras y música. “Quebrado”, “Lina de luto” o “Claroscuro” hacen aflorar las raíces de Pedro: el rock. Guitarras, bajos y baterías, así como en todo el disco suenan cada uno a su tiempo, luciéndose, haciéndonos creer que tenemos al mismo Aznar encerrado dentro de un cuadro que cuelga de la pared. Las canciones de Quebrado sorprenden a quien no tiene el oído acostumbrado a las armonías de su autor, ya sea yendo de acordes mayores a bemoles y menores en la música y a la hora de las melodías cantadas. Nos saca de las acostumbradas canciones que suenan a toda hora en la radio

Pero más asombroso es el disco 2. Un disco hecho de covers. Versiones libres de clásicos como Fragile de Sting, Jealous guy, de John Lennon y una gloriosa (no encuentro otra palabra) sí, gloriosa interpretación de Angie de Rolling Stone. Y si esto nos parecía poco, Aznar hace gala de su buen inglés no solo a la hora de cantar sino dedicándonos versiones en español de temas como Isn´t it a pity? de George Harrison y Time of no reply de Nick Drake. Definitivamente, los discos de QUEBRADO no son otra cosa que un hallazgo.

Después de escuchar QUEBRADO, me pasan dos cosas: a uno se le van las ganas de componer y piensa por un instante en dedicarse a la carpintería o cosa por el estilo. Por otro lado, me lamento de que mucha gente ni se entere de que este tipo chiquito y flacucho haya sacado un disco de tamaña magnitud. No me quiero hacer el revelador, (por otro lado Aznar es un viejo amigo de nuestra música) pero me da un poco de pena el exceso de Calamaros y Viejas Locas. Y lo digo yo que tengo todos los discos de Andrés y que admiro a Pity Álvarez, pero el mercado y los medios de comunicación restringen la posibilidad de la apertura, la posibilidad de conocer música nueva, de abrirse a la experiencia de algo “distinto”. No se trata de dejar Calamaro por Aznar; mi corazón auditivo es bastante amplio como para dejarle un lugarcito todos los días a un artista nuevo. No vamos a descubrir nada que no sepamos; o tal vez sí y yo esté equivocado. En definitiva la premisa es la misma: Aznar es un artista; con todas las letras.
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Por Franco Nicoletti

La Noche Quedó Atrás...


LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS, son las memorias de Jan Valtin (Richard Krebs), un joven trotamundos (alemán de nacimiento) que a sus catorce años habla 5 idiomas y conoce más de 20 países. Impulsado por el odio a las injusticias y la pasión por los barcos, heredada de su padre, comienza a militar en el Partido Comunista alemán, llegando a ser uno los militantes más prestigiosos de la Internacional en el periodo de entreguerras. Testigo del asenso de Hitler y de una época donde la violencia, la muerte y las pasiones políticas ocupan el centro de la escena, Jan Valtin relata con una prosa precisa y llana la velocidad y la vorágine de sus días por los puntos más dispares del globo, desde Hamburgo, Montevideo, Amberes, Los Ángeles, Berlín, Copenhague hasta Londres, Moscú o San Petersburgo. Asediado por las contradicciones de un sistema stalinista cada vez más burocrático y más alejado de los intereses reales del proletariado, Valtin se debate entre su deber para con el Partido y la permanente tentación de preguntarse si realmente vale la pena tanta muerte y sacrificio. Cuando uno se empapa de esas páginas, no le alcanza la vida para retener tanta información, nombres, fechas, episodios, en una narración que sin dudas traduce el ritmo de vida que llevaba no solo Valtin sino todos los militantes políticos de aquellos años, donde nada nada era seguro, y en medio de la desconfianza permanente por todo ser viviente, uno podía pasar de cazador a cazado, de alemán a danés, de camarada a traidor, de vivo a muerto.
Pero entre esa vorágine y ese ritmo narrativo, se cuela una frase, un instante, un stop; una mirada, un nombre, un destino, que nos hiela la sangre y nos pega una buena trompada en la jeta. Porque cualquiera de los seres queridos que rodean a Valtin pueden desaparecer; y con eso sentimos que los nuestros también. Ahora mismo. Hoy. Violentados por el otro, que toma la forma de un monstruo, de un demonio, sea bajo la máscara de un oficial de la GESTAPO, de la misma GPU, sea de la Triple A o de un policía de la bonaerense.
A medida que transcurren las páginas Valtin se encuentra más sólo, más cerca del infierno a cada segundo, deseando la muerte como una liberación a las aberrantes e infames torturas sufridas en las cárceles y campos de concentración del Nazismo. Y cuando creemos que su suerte está echada, una vez más este libro brillante nos sorprende con un nuevo viraje que nos dejará pasmados. Un relato tan violento no es otra cosa que un regalo de paz de un hombre que dedicó su vida a una causa donde el ideal primigenio fue la liberación de una clase oprimida y esclava; un libro fascinante, inolvidable, feroz, un llamado a reflexionar sobre lo que somos y lo que queremos de nosotros mismos, un relato de la tolerancia, de la otredad, cuando vislumbramos otro clima político, sí, que ha cambiado sus formas, sí, pero que en muchos aspectos sigue siendo el mismo que en los años agitados de Jan Valtin. La pregunta que nos asalta a cada página, a cada renglón, es ¿Cuál es la nueva forma de la revolución, cual es la nueva forma de hacer un mundo igualitario, sin violencia, sin el aniquilamiento del otro, sin muerte, sin guerras?
Por, Franco Nicoletti