jueves, 25 de septiembre de 2008

Janis Joplin. En la era del jadeo, un retorno al sentimiento


Voy a ser caprichoso. Hay un grupete de chicas, estrellas de la industria musical, conforman una nueva – y ya no tan nueva- generación de cantantes adolescentes que ya no adolecen. Digamos: B. Spears, C. Aguilera, J. Stone, Beyoncé, Shakira y varias más a quienes reconozco por sus nalgas o sus escotes pero cuyos nombres se me escapan. No son todas iguales, alguna canta mejor que otra, pero todas coinciden en este hecho: todas, más allá de sus diversas dotes vocales, han puesto el canto al servicio del jadeo. Y quien jadea no canta. Quien jadea satisface, aunque provisoriamente, los deseos más carnales del público. Y el deseo, como bien dijo Erasmo de Rotterdam, es el rey cuyo dominio empieza debajo de la zona abdominal.
Lo dije: voy a ser caprichoso. Estas pibas me gustan como mujeres, pero no como cantantes. De la mayoría sólo conozco una, dos, tres canciones. No importa: me basta. Aunque canten bien. Aunque afinen. Ése, como veremos, no es el tema.
El tema, la pregunta, es esta: ¿por qué jadean tanto estas muchachas? Aquí van mis razones: 1) porque aunque son dotadas, su arte fue fagocitado por la industria, y entonces, antes que artistas, son productos estratégicamente diseñados; 2) entonces, el imperativo es vender cierta pose sexy; 3) y esa pose es el resultado de un combo infalible: un cuerpo explosivo, que se menea con sexualidad, con erotismo calentón de ribetes porno, y que se complementa con esas voces que arrastran onomatopeyas (ahh, ieee, ooohhh, hhuuu), y que jadean, gimen, se convulsionan en orgasmos fingidos. De hecho, sus canciones no se sustentan sin el correspondiente videoclip. De hecho, las canciones no importan. De hecho, sin la imagen, no son nada.
Ahora bien, más allá de estas invectivas, algo es indudable: hay muchas personas que disfrutan con esta modalidad mal parida del canto sensual. Y no hace falta que venga ningún defensor de la “buena música” a decir qué hay que escuchar y qué no. Pero lo que sigue no es un consejo de sabiondo: es una invitación. El que quiera entrar, que entre. El que no, se quedará afuera, tal vez entibiado (¿caliente?) por el jadeo meloso de nuestras frenéticas diosas emetevé o emtiví (MTV, según las siglas en inglés).
La invitación: escuchar a Janis Joplin, en quien el don se convierte en drama y sentir. Tal vez Joplin no sea una cantante exquisita. Hay voces mejor dotadas, más finas, más delicadas. ¿Pero quién busca eso cuando escucha a Janis Joplin? Janis carraspea, grita, a veces gime, sí, pero el gemir está puesto bajo el mando del canto, y entonces resulta furia, sensualidad, euforia y dolor. Esto es drama: una efusión de sentimientos que trastocan la modorra emocional.
Joplin es versátil al modo de los mejores actores. De ahí, también, la potencia de la faz dramática de su canto. Basta escuchar (y si es posible, en seguidilla) estas canciones: Half moon, Get it while you can, Move over, Trust me, One good man, Kozmic Blues, Me and Boby McGee. Del éxtasis a la melancolía, una interpretación sincera y visceral, creíble, en la cual los recursos del canto (que, por supuesto, incluyen el jadeo) son utilizados sin exageraciones, tal cual el buen actor pone en escena los gestos faciales, las ondulaciones de su voz o los movimientos de su cuerpo.
Joplin es una integrante dilecta del panteón de figuras del rock inmoladas antes de cumplir los 30 (ella nació en 1943 y murió, por sobredosis de heroína, en 1970). Algunos datos de su vida deben haber sido manjares para biógrafos hambrientos o para otros más preocupados en la cáscara que en la esencia. ¿La esencia? Sí: la cáscara es el impacto; la esencia, el sentimiento. De verdad, es más grato y más interesante escucharla cantar que imaginarla inyectándose una suculenta dosis intravenosa.
Los efectos del canto de Joplin son voluptuosos, el espíritu del oyente se hincha de sensaciones y su cuerpo recibe el eco inmediato del sistema nervioso. Es una ebriedad que no desborda en borrachera. El umbral, se sabe, es delicado: ebrios, nuestros sentidos se agudizan, somos cuerpos receptivos, que multiplican las fuentes del placer. Borrachos, somos tan sensibles como un ladrillo hueco como una estatua dopada.
Y Janis, créanme, es el elixir que nos coloca en un inquietante estado de ebriedad.
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Por Mariano Fernández

jueves, 18 de septiembre de 2008

La Noche Quedó Atrás (again)


LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS, son las memorias de Jan Valtin (Richard Krebs), un joven trotamundos (alemán de nacimiento) que a sus catorce años habla 5 idiomas y conoce más de 20 países. Impulsado por el odio a las injusticias y la pasión por los barcos, heredada de su padre, comienza a militar en el Partido Comunista alemán, llegando a ser uno los militantes más prestigiosos de la Internacional en el periodo de entreguerras. Testigo del ascenso de Hitler y de una época donde la violencia, la muerte y las pasiones políticas ocupan el centro de la escena, Jan Valtin relata con una prosa precisa y llana la velocidad y la vorágine de sus días por los puntos más dispares del globo, desde Hamburgo, Montevideo, Amberes, Los Ángeles, Berlín, Copenhague hasta Londres, Moscú o San Petersburgo. Asediado por las contradicciones de un sistema stalinista cada vez más burocrático y más alejado de los intereses reales del proletariado, Valtin se debate entre su deber para con el Partido y la permanente tentación de preguntarse si realmente vale la pena tanta muerte y sacrificio. Cuando uno se empapa de esas páginas, no le alcanza la vida para retener tanta información, nombres, fechas, episodios, en una narración que sin dudas traduce el ritmo de vida que llevaba no solo Valtin sino todos los militantes políticos de aquellos años, donde nada nada era seguro, y en medio de la desconfianza permanente por todo ser viviente, uno podía pasar de cazador a cazado, de alemán a danés, de camarada a traidor, de vivo a muerto.
Pero entre esa vorágine y ese ritmo narrativo, se cuela una frase, un instante, un stop; una mirada, un nombre, un destino, que nos hiela la sangre y nos pega una buena trompada en la jeta. Porque cualquiera de los seres queridos que rodean a Valtin pueden desaparecer; y con eso sentimos que los nuestros también. Ahora mismo. Hoy. Violentados por el otro, que toma la forma de un monstruo, de un demonio, sea bajo la máscara de un oficial de la GESTAPO, de la misma GPU, sea de la Triple A o de un policía de la bonaerense.
A medida que transcurren las páginas Valtin se encuentra más sólo, más cerca del infierno a cada segundo, deseando la muerte como una liberación a las aberrantes e infames torturas sufridas en las cárceles y campos de concentración del Nazismo. Y cuando creemos que su suerte está echada, una vez más este libro brillante nos sorprende con un nuevo viraje que nos dejará pasmados.
Un relato tan violento no es otra cosa que un regalo de paz de un hombre que dedicó su vida a una causa donde el ideal primigenio fue la liberación de una clase oprimida y esclava; un libro fascinante, inolvidable, feroz, un llamado a reflexionar sobre lo que somos y lo que queremos de nosotros mismos, un relato de la tolerancia, de la otredad, cuando vislumbramos otro clima político, sí, que ha cambiado sus formas, sí, pero que en muchos aspectos sigue siendo el mismo que en los años agitados de Jan Valtin. La pregunta que nos asalta a cada página, a cada renglón, es ¿Cuál es la nueva forma de la revolución, cual es la nueva forma de hacer un mundo igualitario, sin violencia, sin el aniquilamiento del otro, sin muerte, sin guerras?
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Por Franco Nicoletti

jueves, 11 de septiembre de 2008

Clientes... (una especie de antología)


* Señora; 50 años:
-Quiero cambiar este libro porque no sé si será la traducción o qué pero está muy mal escrita. Horrible.
Me alcanza el libro, lo miro y le digo:
-No hay problema si quiere cambiarlo, pero no hay traducción, señora. Está escrito en español.
(El libro es El pergamino de la seducción¸ de Gioconda Belli)
-Bueno, miro y elijo.
-Cómo no.
Cinco minutos después se acerca:
-Bueno, llevo éste. Espero que sea mejor la traducción. ¿Me das otra bolsita? –dice extendiéndome el nuevo libro elegido.
Lo miro y me caigo del asombro; es: Arrancame la vida, de Ángeles Mastretta. Ensayo un esfuerzo más por entendernos:
-Ángeles Mastretta es mejicana y Gioconda Belli nicaragüense.
-Espero que éste sea mejor, el otro era una porquería, no sé si será un tema de traducción o qué.
Me rindo. La señora se va. Yo me quedo dándole vueltas a la cosa, pensando, a qué se referirá la señora cuando dice “traducción”.
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Por Franco Nicoletti

viernes, 5 de septiembre de 2008

Pedro y Pablo III


PABLO GUERRA: SUELTO- MÁS QUE UN CABALLERO

Suelto es el primer disco solista de Pablo Guerra desde que el guitarrista se despidiera de los Caballeros de la Quema. Ya nos había hecho conocer su voz y su música con la banda de oeste, pero ahora tenemos un disco solista del alto muchacho despeinado al que no queríamos perder. Por momentos vislumbramos las bases de canciones que tranquilamente podrían ser de los viejos Caballeros… y nos pega un poco la nostalgia; la primera impresión es sentir que las canciones extrañan la letras de Noble, pero eso no nos importa porque a Guerra le interesa “tocar” y hacer música. En una entrevista en los tiempos de Fulanos de Nadie le preguntaron qué era lo que esperaba de la banda; muy suelto respondió algo así como: “Nada. Lo único que me importa es tocar”. Y eso se nota. A Guerra la música la sale por los poros y le aflora el rock y el reggae, con sus diestras guitarras dignas de lo mejor de la música internacional en una conjunción entre lo urbano (aporteñado) y las influencias de los clásicos (Lou Reed? Bob Marley? Hendrix? Clapton? The Cream? Stevie Ray Vaughan?). Las raíces están ahí: la alegría de sus canciones navega entre amores perdidos y copas de noche; rutas desoladas y guitarras entre amigos; distorsiones poderosas y voces de cenizas. A la hora de cantar… sabemos: Guerra no es un cantante, pero recuperamos esa voz cálida, de poco caudal, pero tan particular que siempre quisimos un poco más en las canciones de Los Caballeros... ¿Qué busca uno en un cantante si no es la singularidad?
Guerra la tiene; en su música, en su timbre de voz, en sus canciones, quizá mañana en sus letras, aunque, insisto, eso no nos importa después de escuchar canciones de tan alta lucidez como “Al fin”, “Vení a verme”, “Vidas cruzadas”, “Luz de Velas”, “Lejos”, “Brum brum, hace mi moto”, “Ruta”. Escuchar estas canciones nos llena de alegría porque la música de las guitarras de Pablo Guerra es una conjunción, insisto, entre las calles que caminamos, los sonidos y el poder de los grandes de la música de todos los tiempos.
Nosotros, festejamos el regreso de un todo un caballero, aunque haya demostrado con este disco ser mucho más que éso.
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Por Franco Nicoletti