jueves, 4 de diciembre de 2008

Malditos los libros




Mi biblioteca es yo. Y ahí tengo mis historias convertidas en libros; las vidas que no viví, las vidas que quisiera vivir o que, al menos, osé espiar. Mis primeras lecturas se limitan a Patoruzito y Mafalda; pongamos, a los ocho años de edad. Quizá porque los dibujitos de las historietas me llamaban más que todas esas letras juntas que me suponían una atención que no podía brindar.
Mi infancia fue una pelota y el barrio; las piernas rotas de potrear, la cara sucia y los nervios a flor de piel: fui “cazador” de arañas y lagartijas, de pájaros y de insectos; pongamos a los nueve. “Jugador” de béisbol, básquet y fútbol; visitador diario de playa y mar. Cambié Catecismo por Básquet y la iglesia por paseos con mi perra por la playa o el bosque, pongamos a los diez.
Probé mi primer cigarrillo y mis primeras bebidas alcohólicas, pongamos a los doce. Usurpé una construcción abandonada, pongamos a los trece, al compás de Guns n´Roses, Metallica y Los redondos, y metí los primeros manotazos de amor.
Tarde, mucho más tarde, y qué tarde… empecé a leer. 16 o 17 años; esa fue la edad en que entendí que en los libros había algo que nunca había imaginado. Mi mamá me lo dijo siempre y yo la terminé escuchando gracias a su insistencia. García Márquez, Sábato y Bioy Casares. Fui un chico de lugares comunes. Doce cuentos peregrinos, Crónica de una muerte anunciada, El túnel, La invención de Morel. Después Kafka y Dostoievski como dos patadas en la nuca. El proceso y El jugador, fueron las dos novelas que me hicieron creer que alguna vez yo sería escritor. Después terminé la secundaria y empecé a estudiar Letras y descubrí infinidad de autores que me hicieron notar que no era tan fácil ser escritor. Hoy, quizá siguiendo el precepto del inagotable Gorgie, amo más la lectura que la escritura. Y cómo… Y cuánto… Yo diría que se volvió una enfermedad.
Existen varios motivos por los que abandoné la Facultad cuando ya cursaba materias de cuarto y quinto año. Creo que el verdadero motivo de mi abandono fue la misma pasión por la lectura, poco compatible con la sistematización y la disciplina que requiere una formación universitaria. Yo quería leer Todorov, Shklovski, Bajtín, Borges, Arlt, Descartes o Nietzsche y la señora Universidad me ordenaba leer La celestina o Rubén Dario. Yo quería leer Poe, Caparrós, Sófocles o Shakespeare y la señora Universidad me ordenaba leer Shklovski, Bajtín o Todorov.
De los recuerdos que tengo de la Facultad, retengo con especial afecto cuando nos escapábamos de las aulas con un amigo, y nos sentábamos en los pasillos a conversar de autores, de libros, de mundos, de vidas.
Mi mundo estaba en los pasillos, no en el aula.
Alguien dijo: “los escritores se forjan en los pasillos, los críticos en las aulas”. No sé qué hay de cierto, pero yo me siento más identificado con los pasillos de la Universidad que con las aulas.

Segundo motivo de mi abandono académico: trabajé en una biblioteca.
Los libros estaban en el primer piso, en total silencio. Las estanterías de dos metros y medio de altura separadas por unos setenta centímetros entre sí. Por las mañanas, me tomaba diez o quince minutos, alguna vez veinte, para mirar los libros. Husmeaba los índices de ediciones empolvadas, programaba lecturas, conocía autores, traducciones, editoriales. Entendí que ése era el lugar donde quería estar.
Yo quería ser parte de ése mundo, y quería que ése mundo fuera parte de mí.

Así que con el correr de los años armé mi mundito dentro de mi casa. Mi biblioteca es modesta. Y aunque alguien pueda creer que está desordenada, yo sé exactamente qué libros tengo y cuales no, dónde están, dónde los compré, o de donde los saqué. Por ejemplo…
Entre los legados familiares puedo mencionar con orgullo: El jugador, de Dostoievski, Editorial Petronio, Barcelona, 1970; El proceso de Kafka, Losada, Buenos Aires, 1939; Obras completas de Graham Greene, Tomo 8, Seix Barral, Barcelona, 1988; y una Divina Comedia traducida por Bartolomé Mitre, Editorial Tor, Buenos Aires, 1946.

De Buenos Aires, de calle Corrientes: Comentarios a los tres tomos de EL CAPITAL tomo 1 de David Rosemberg. Lo curioso es que en la portada el libro tiene un sello. Puede leerse: BIBLIOTECA NACIONAL “José Martí” La Habana–Cuba. CANJE. Vaya uno a saber cómo llegó este libro a Buenos Aires.
De calle Florida; de una librería que está junto a otras en un subsuelo a pocas cuadras de Plaza San Martín, Los siete locos, de Arlt, Losada, Buenos Aires, 1958.
El Rey de la máscara de oro, de Marcel Schwob, de Carloz Paz, Córdoba, editorial Abraxas. Los de abajo, de Mariano Azuela, de una librería pequeña de diagonal 77 en La Plata.
Otros de los libros que más afecto les tengo son:
Presencias reales, de George Steiner; quizá sea el libro de ensayos que más rápido leí; Las ciento y Una–Cartas Quilotanas, el famoso debate entre Sarmiento y Alberdi, también de editorial Losada; Facundo, de Sarmiento, colección LA NACIÓN; Ensayos críticos de Roland Barthes por Seix Barral; Tragedias de Esquilo, Eurípides y Sófocles, de Gredos; Formas breves, de Piglia, edicion de Temas Grupo Editor; Las palabras y las cosas, de Michel Foucault; Los ríos profundos, de Argüedas; Hijo de Hombre, de Roa Bastos; El cartero llama dos veces, de James Cain. Algunos, sólo algunos…

De ahí al fetichismo: un paso. Es que el libro es un objeto de consumo, sí, el maldito capitalismo siempre está ahí, al acecho. Y pienso: tengo que controlarme. Y me dicen: tenés que controlarte. Sí, es verdad. Pero a veces no les hago caso.
Es que el libro representa la posibilidad de otra cosa; la posibilidad de una aventura, de una experiencia siempre nueva y única. Es un viaje, un sueño, un deseo.
Una creación es una verdad que antes no existía, una realidad diferente. Una amplitud. Y cuando la cotidianeidad me aplasta, cuando siento que el mundo no es lo que quisiera, cuando la tristeza me invade y la impotencia me consume, tengo mis libros. Sé que en esas hojas hay otra cosa, que esos objetos con letras pueden mostrarme otra realidad y hacerme creer que todavía se puede cambiar. Me hacen sentir que otro mundo, otra vida, está latente. Son una esperanza. Un canto. Mi fe; mi Dios.
Un par de años después volví a las estanterías silenciosas del primer piso de aquella biblioteca. Yo también en silencio, acaricié los libros, los saludé, les agradecí. Sé que me sintieron.

...


Por Franco Nicoletti

5 comentarios:

Trescaídas dijo...

La entrada que más me ha gustado de tu naciente blog. Un abrazo Frankyboy (y gracias por la guarida).

Frank dijo...

Levantarse con alcohol en la sangre y encontrar vacío el lugar donde estuvo usted me hace pensar en fantasmas...

Eliseo dijo...

Creo que el vuelo que los libros tienen es aún mayor. También veo mi biblioteca como algo con la misma magnitud o mayor que el "mundo" circundante, pero noto que la conexión que hay entre ambos mundos es para asustarse. Necesitaría varias páginas para estirar la idea y plancharla bien para que nada quede escondido en los pliegues; necesitaría también ganas de hacerlo y tiempo. (En este momentome falta el tiempo, no más.)

Y algún día te contaré qué libros tengo, así competimos y nos peleamos a ver quién tiene la biblioteca más copada. :-)

Un abrazo.
Adiós.

Amparo dijo...

Aquí digo 'presente'? mejor dicho, dejo mi presencia.
Saludos!!
aMpi.

pilar dijo...

Coincido con la preferencia por el pasillo. Sabio al decidir. Beso desde Trelew.